Manual para exorcizar recetarios

Siempre he disfrutado mucho de la escucha y la observación.
Siendo niña solía divertirme más sentada en la zona de adultos, que jugando en la zona de niños. No porque los adultos me parezcan divertidos, sino porque me maravilla la interacción humana. El diálogo me cautiva y puedo presenciarlo durante horas sin necesidad de intervenir.  A no ser, claro, por algún bocadillo de tono ácido que en ocasiones no puedo evitar, que se me desborda y cae de mi mente sin filtro muchas veces, hacia el exterior no siempre receptivo.
El ómnibus, escenario incomparable del comportamiento humano, ha sido una fuente inagotable de placer para mi voyerismo mundano.  Y así me paso los viajes escuchando lo que unos y otros piensan sobre las cosas de la vida, dicen sobre las gentes de sus vidas, mienten sobre las proezas de sus vidas o sueñan sobre las miserias de sus vidas.
Así las cosas, este ámbito de moderna socialización que son las redes sociales, me resulta casi tan cautivante como una conversación de reunión o un viaje en bus.  Leo a los que publican frases trascendentales repetidas hasta el hartazgo por poetas improvisados, leo a los que publican noticias comentadas hasta el hartazgo por seudoanalístas, leo a los que relatan su crónica personal de vida respondida hasta el hartazgo por otros autobiógrafos, leo a los que tienen la habilidad de re-postear cosas interesantes re-posteadas hasta el hartazgo por los habilidosos clasificadores virtuales.  Pero fundamentalmente me fascinan las recetas. No hay fenómeno más humano, no hay gesto más terrenal, no hay vicio más expandido que la prescripción, que la recomendación de procedimientos adecuados para conseguir los resultados anhelados.
En el menú de las recetas hay para todos los gustos. Unas recetas son las recetas absolutas, esas suelen comenzar con la frase "vos lo que tenés que hacer es..." y terminan con la fórmula mágica para resolver todos tus problemas.  Yo suelo medir la potencial efectividad de la receta, con el éxito de su portador respecto al tema en cuestión. Puede ser simplista, pero me parece justo.  Si quien me receta es un pelagatos como yo, dudaré bastante de sus recetas para el éxito económico.Luego están las recetas de autor, esas pueden tener el formado de "a mí me sirvió hacer tal o cual cosa" o también "yo que vos, haría esto o lo otro".  Son un poco menos imperativas que las anteriores, pero más cobardes también.  Este buen recetador nos dice lo que tenemos que hacer, sin arriesgar un juicio contundente o peor, poniéndose como ejemplo a imitar.  “Descónfio” diría mi abuelo.
Nunca faltan las recetas prestadas, esas que relatan soluciones infalibles que le sirvieron a la prima de la amiga del hermano de una vecina que estaba en una situación idéntica a la tuya. En este caso la responsabilidad se diluye en la cadena de mando y nunca vas a poder reclamarle al eslabón inicial, porque nunca sabremos bien quién es.
Y finalmente están las incomparables, las poéticas, las innumerablemente replicadas recetas de muro.  Cuando yo era adolescente eran las que escribíamos en las paredes, tapas de cuadernola, mesas de bar, puertas de baños o servilletas.  Esas que nunca faltaban en el cuadrito del Mercado de los Artesanos, en la tarjeta de felicitaciones o en el batik con la cara del Che.  La que más recuerdo es "Si amas algo déjalo libre, si vuelve es tuyo, si no lo hace, nunca lo fue".  No me voy a poner a analizar esta lista de ingredientes para la felicidad, pero huelgan las palabras sobre su dudosa efectividad o su lejana relación con la realidad.
Muchas de estas recetas provienen de textos literarios, la mayoría de las veces sacadas de contexto o reproducidas con "libertad" en versiones casi de plagio. Antoine de Saint Exupery o Richard Bach son candidatos fijos para la cita.Y es así como Facebook, triste espejo de nuestras miserias humanas, es un prolífico semillero de recetas, las hay para la felicidad (haz tal cosa, se de tal manera, actúa con tal criterio y serás verdaderamente feliz), las hay también para el éxito (confía en el destino, trabaja con ahínco, ve por la vereda de la sombra y verás tu arcas desbordar), las hay para la trascendencia (despójate, deja todo lo conocido, aléjate del consumismo, renuncia al mundanal ruido y tu alma se llenará de sabiduría).
Yo tengo una receta anti-receta, un manual para exorcizar recetarios que leo cada día que puedo (intentando que estos días sean todos), mi ancla al fango es el blog de Saramago, un hombre cuya vida trascendió su muerte http://cuaderno.josesaramago.org.
Es para mí siempre una vuelta a la sensatez, es un reencontrarme con el análisis lúcido, con la reflexión cálida, con la palabra constructiva después de tanta lectura contaminada de sinrazón. Mi lectura es al azar, entro y pincho un link cualquiera, sobre cualquier cosa y escrita en cualquier fecha, y siempre termina siendo una lectura esclarecedora o de alguna manera enriquecedora para mi búsqueda cotidiana.
Hoy, cuando volví después de un buen tiempo a buscar consuelo entre las páginas de los cuadernos del maestro, me encontré en esta ruleta de pensamientos con lo siguiente y una vez más agradecí tenerlo al alcance.
"Decimos.
Decimos a los confusos, Conócete a ti mismo, como si conocerse a sí mismo no fuese la quinta y más difícil operación de las aritméticas humanas, decimos a los abúlicos, Querer es poder, como si las realidades atroces del mundo no se divirtieran invirtiendo todos los días la posición relativa de los verbos, decimos a los indecisos, Comenzar por el principio, como si ese principio fuese la punta siempre visible de un hilo mal enrollado del que bastase tirar y seguir tirando hasta llegar a la otra punta, la del final, y como si, entre la primera y la última, hubiéramos tenido siempre en las manos un hilo firme y continuo del que no ha sido necesario deshacer nudos ni desenredar marañas, cosa imposible que suceda en la vida de los ovillos, y, si se nos permite otra frase de efecto, en los ovillos de la vida."

La ciudad que llora

Los miércoles voy y vengo un par de veces del Centro al Parque Rodó.  Llego a Gonzalo Ramírez y Paullier, me bajo del ómnibus dilatando el momento dulce en que invade las narinas el olor a jacarandás, cipreses y ciruelos y recorro lentamente una cuadra y media bajo la sombra, alargando la pausa previa al trabajo.
El lago en estos días de mormaso, es un plato verde infectado de mosquitos.  El chorro que se eleva en el medio provoca que las nubes de insectos circulen en una constante danza de la lluvia.
El calor obliga a descubrir la piel, hombros y piernas al aire pese a la palidez. Esa piel que siente caer una leve llovizna caminando por Gonzalo Ramírez.  Miro hacia arriba, ni una nube, el sol asedia implacable tras las ramas tupidas.  Sigo el camino, sigue la lluvia.  Vuelvo a mirar arriba en un movimiento reflejo.  Es el “llanto de los tipas”, llamados también palo rosa, árboles de brazos generosos y sombra fresca que a finales de octubre y noviembre provoca esa lluvia de savia tan frecuente en Buenos Aires, donde abunda esta especie.
Sigo el disfrutable aunque corto camino al yugo cotidiano, llego a la esquina de 21 de Setiembre donde las estructuras desnudas de hierro blanco prometen un cercano tiempo de ferias de navidad, herencia del libro y el grabado, compras y regalos de un verano que se convierte en vacaciones.
Miro hacia atrás con cierta nostalgia y dejo los tipas que llueven mientras me interno en la casona de la esquina y me paro frente a un salón lleno de adormilados estudiantes de marketing.
El viaje a la inversa me lleva al límite entre el Centro y la Ciudad Vieja, me bajo en la Plaza Independencia sólo por placer, evito entrar al down town en bus, prefiero caminar por la Peatonal Sarandí que hierve de puestos, casas de arte, ropa de diseño, olor a comida y corbatas asfixiantes.  Gozo del privilegio de caminar con tranquilidad, con mi vestido fresco y sin apurar el paso, desde la plaza hasta la aduana, disfrutando el paisaje urbano, del paisaje sonoro que fusiona la bossa del guitarrista, el carnavalito del charango peruano, el reggaeton del parlante de un feriante y el jazz del veterano saxofonista.
El mobiliario urbano se mezcla con las timbó, que largas y estilizadas le dan un aire tropical al viejo barrio y privan de sombra a los acalorados oficinistas que trotan sobre los adoquines.
Aquí también llueve.  Miro hacia arriba, el sol casi llega al cenit.  Ni una nube aún.  Sigo a paso de paseo, me sumerjo en el asfalto y de tanto en tanto todavía llueve.
No, no son los bellos tipas, no hay nada de fresco, ni poético, ni natural en esta lluvia del centro de la ciudad. Los culpables son los aires acondicionados, llueven el sudor y la humedad de las oficinas y los apartamentos, desde todos los pisos de todos los edificios desde la aduana hasta el obelisco por las principales arterias.
Esquivo cada gotera con un asco visceral, imagino la procedencia del líquido, vapor humano condensado y atrapado en una máquina, que luego escupe inclemente al peatón incauto.
Y pienso que no hay derecho, decenas de goteras afeando mi caminata veraniega, miles de seres egoístas imponiendo su confort sin la más mínima consideración, sin el menor cuidado, sin tomarse el insignificante trabajo de poner a sus máquinas del clima un caño de desagüe que lleve los fluidos al suelo sin tanto daño colateral.
Me pierdo rumbo a la escollera maldiciendo la lluvia acondicionada, deseando teletransportarme a la sombreada vereda del Parque Rodó, bajo la lluvia de savia de los tipas que lloran.

12 años de luz


Cuando Pilar era chiquita, me gustaba ponerle música antes de dormir.  Leíamos algún cuento o conversábamos un rato y después me quedaba sentada al lado de su cama hasta que se dormía.  En ese momento ponía música clásica en la radio, generalmente Emisora del Sodre y ella enrulaba un mechón de mi pelo o tocaba mi oreja hasta dormirse abrazada a su "caramelo", un almohadón con esa forma que la ha acompañado desde que nació.
Ese momento de "casi dormir" es un desafío diario, cuando los niños hacen fuerza por seguir despiertos y los adultos no respiramos con tal de que caigan rendidos.
Cuando tenía unos cuatro años una noche estábamos en ese ritual nocturno, después de apagar la luz y prender la radio, había estado casi 5 minutos con sus deditos enredados en mi pelo y los ojos cerrados, yo sentía que había ganado mi pequeña batalla diaria contra el desvelo mientras sonaba la música del Sodre, cuando de repente se incorpora en la cama, me mira con sus enormes ojos bordeados de espesas pestañas y me dice: "mami, no tenés una de la Vela Tuerca?".
Dulce e inteligente, cuando las cosas se ponen difíciles les pone el hombro, se ríe con ganas de los chistes tontos y se toma el tiempo de interceder con sus amigas cuando hay malos entendidos.  Irrumpe en el baño mientras me ducho y se sienta en el inodoro para contarme el último capítulo del libro que está leyendo. Tiene música en el cuerpo, baila mientras cuelga la ropa y toca la guitarra con la facilidad de quienes lo hacen por placer.
Adora cocinar y comer, maldita herencia que tendrá que llevar con entereza. Abraza con fuerza y besa con franqueza.  Se expresa con cariño, dice "te quiero", "te extrañé" o "te necesito" y suelta sin miramientos sus frases de humor irónico, que te hacen querer matarla y besarla a la vez.
Desde que aprendió a hablar, no ha parado de hacerlo, pese a mis súplicas y las de sus maestras.  Pero su conversación es inteligente y amena, lo que hace que uno disfrute de su verborragia ininterrumpida.
Es solidaria, le duele el dolor ajeno, la enoja la injusticia y está siempre lista para dar una mano, aunque se queje cuando le toca fregar o guardar la ropa lavada.
Me llama tres veces desde que sale de casa todas las mañanas hasta que llega al colegio, que queda a 10 cuadras de aquí. Una para decirme que está en el ómnibus, otra para decirme que se bajó y la tercera para decirme que llegó al colegio.  Pero no es temerosa o aprensiva, sólo quiere evitar que me preocupe y actúa con responsabilidad extrema.
Desde que tiene dos o tres años, se encarga de compensar mis distracciones, encuentra el teléfono cuando lo guardo en la heladera o me avisa cuando estoy olvidándome de la cartera en la casa de una amiga.
Es paciente, ha acompañado el crecimiento de unos cuantos primos y primas menores de diversas edades, jugando juegos repetitivos, enseñando canciones o palabras, tirándose al piso o trepando árboles.  A veces se pone un poco gruñona, pero siempre termina cediendo y cargando con dulzura con los más chicos.
La entusiasma la vida y me sigue en mis andanzas siempre con una sonrisa.  Comparte una noche de confesiones de amigas, una obra de teatro algo aburrida, hace pogo en un concierto del Cuarteto o dormita viendo a Moska en el Solís, pero su comentario al final es siempre positivo.
Se sube a un ómnibus para ir a Piriápolis o Flores con la misma expectativa con la que espera los cruces a Bs. As. o un vuelo a Bahía y más lejos todavía. Cada viaje, por más trivial o cercano que sea, es para ella una aventura disfrutable.
Pilar cumple 12 años, y yo cumplo con ella los mismos años de vida de algún modo.  Me ha dolido cada uno de sus golpes y sus otitis, me ha hecho feliz cada uno de sus logros, he crecido con cada uno de sus aprendizajes, he disfrutado cada uno de sus despertares y he temblado con cada uno de los riesgos que ha corrido.
No puedo quejarme, soy una madre afortunada.

El disparador de sueños.


Flotan en el aire, casi parece que pudieran tocarse. Las partículas aromáticas se esparcen, saturando el ambiente.
Uno siente cómo penetran las mucosas olfativas y se mezclan con las papilas gustativas provocando la saliva, abriéndose paso por la red eléctrica hasta el núcleo mismo, hasta el centro de operaciones dentro del rígido cráneo.
Viajan directo al punto central, por el sistema límbico al hipotálamo.  Y en ese momento estallan, se disparan las imágenes, las sensaciones, los trozos de vida escondidos en los rincones del recuerdo.
En un flash pasa una tormenta de verano vista tras los cristales de mi casa del pueblo, el césped mojado, la oscuridad interrumpida por la luz de un relámpago, los pájaros acurrucados entre las ramas de los árboles.
Pasan por la retina un par de botas de lluvia rojas bajo la túnica blanca, chapoteando en el pequeño río junto al cordón de la vereda, volviendo de la escuela.
Aparece el ruido del aguacero sobre un techo de zinc y mi padre subiendo la escalera para la limpieza apurada de los caños de desagüe, cuando el otoño lo tapizaba todo de hojas de plátanos.
Se tiñe el recuerdo con el color beige de la arena en la playa, cuando va cubriéndose de pequeños círculos, gota tras gota, absorbiendo prodigiosamente el agua que recibe desde el cielo gris plomo.
La mágica secuencia de sensaciones que se dispara, me lleva de ida y vuelta a la niñez, al interior, a la playa, al puerto y me descubre las piezas dormidas en los recovecos de la memoria, para revivirlos de golpe en el instante en que traspaso la puerta de mi casa y me invade el olor a tierra mojada previo a la tormenta.

Los pequeños rituales perdidos.


Cuando yo era niña, el 2 de noviembre estaba cargado de pequeños rituales.  Vivíamos en el pueblo, cerca del parque y por aquellos tiempos este era un día verdaderamente caluroso.
Acá en la capital el significado de la palabra calor está algo devaluado; "calor hace en Flores, donde no hay un charco para revolcarse" decía un amigo mío. Y tenía razón, ¡calores eran los de Flores!
Por esos tiempos la pequeña comunidad marcaba muchos de los códigos de conducta colectiva e individual, y todos los acatábamos sin mayores cuestionamientos. Si, ya sé, unos cuantos estarán pensando que quien escribe estas líneas cuestionó y rompió los códigos hasta el hartazgo... "touchè", pero los rituales del 2 de noviembre los cumplía con prolija sumisión, de principio a fin.
Nos levantábamos no muy temprano, afortunadamente el gusto por dormir hasta tarde era compartido en mi familia.  Se desayunaba sin apuros, se abrían las puertas y ventanas para que entrara el sol y la brisa (si teníamos la suerte de tenerla) y todo se inundaba de olor a césped y flores del "Árbol de Nieve".  Hace poco tiempo volví a ver uno de estos árboles, no tengo la menor idea de su nombre verdadero, porque para nosotros siempre fue "La Nieve", un arbusto retacón que en primavera se cubre totalmente de unas flores blancas diminutas como copos de nieve.  Créanme, nada más absurdo en los calurosos noviembres de mi pueblo, que un árbol cubierto de nieve.
Poco antes del mediodía comenzaba "el apronte" para ir al cementerio, salíamos al jardín, que por cierto en esa época tenía una variedad interesante de flores, y recogíamos todas las flores de los cartuchos que crecían salvajes contra el muro de la casa vecina.  Luego aprendí que aquellas flores silvestres, que para mi eran una expresión muy rudimentaria de la madre naturaleza, en otros círculos eran muy preciadas y las llamaban "calas".  Debo confesar que la primera vez que vi la fotografía de una novia con un ramo de "cartuchos" en las manos, me reí bastante.
El asunto es que juntábamos un par de docenas de aquellas flores enormes, con forma de campana blanca, tallo largo y grueso y un gran pistilo amarillo en el centro que desprendía su polen al menor contacto.
Salíamos los cuatro en pequeña procesión y la perra adelante nuestro correteando cuanto gato o bicicleta se le pusiera delante (aprovecho este medio para disculparme por eso ante aquellos que lo hayan sufrido en carne propia).
Las cuadras que distaban del parque eran cuatro o cinco, pero para mi eran kilómetros de caminata bajo el sol, con calor y rumbo a un destino infame.
Una vez llegados al parque la cosa era menos tortuosa, ya que tomábamos por la calle lateral rodeada de árboles, sombreada y perfumada, como un túnel natural que desembocaba en el cementerio.
Ahora hay un hermoso lago con puentes de madera en ese camino, pero entonces era un camino seco, bordeado de campo a un lado y parque al otro.  Pasábamos por la chacra de Teresita, que seguramente nos saludaba desde el tambo, mirábamos con secreto deseo la pista de patinaje que estaba al centro del parque y finalmente pasábamos junto al estadio que marcaba la cercanía del destino.  El olor a eucaliptos lo impregnaba todo y rodaban bajo los pies los pequeños “coquitos” de cientos de árboles, que mi hermana y yo insistíamos en juntar para tirarlos seguramente cuando nos cansáramos de cargarlos.
Llegados al cementerio el recorrido era siempre el mismo, entrábamos por la puerta principal, recorríamos casi hasta el final el camino entre los panteones señoriales y desembocábamos en el que está enterrada mi abuela materna, “mamina” Aurora, un panteón de mármol rosado, con una gran losa superior, pedestal y barandas de bronce a los costados.  Lo adornaban varias lápidas o placas de los antepasados muertos, que en una familia como la de mi madre, con intrincados matrimonios consanguíneos y prolífera descendencia compuesta por siete o nueve hijos por cabeza, nunca supe bien de quiénes se trataba.
Si todo estaba limpio, arreglado y había flores en los jarrones, era porque ya habían estado allí mis tíos, así que el itinerario se hacía breve.  De otra forma nos pasábamos casi una hora limpiando las hojas del mármol, cambiando  el agua  de los jarrones, acomodando la mitad de las flores que llevábamos y también, por qué negarlo, trepando a lo alto del panteón para saltar en caída libre a la tierra, una y otra vez.
Terminada la labor en esta parcela, nos íbamos a los nichos de más atrás, una especie de paredón lleno de pequeñas puertas, con chapas de bronce e innumerables nombres uno al lado del otro.  En uno de esos nichos estaba mi abuelo Tomás, el zapatero. Aquí el trabajo era más sencillo y no había donde treparse, así que cambiábamos el agua de los jarrones y colocábamos la otra mitad de la flores que llevábamos. Además, mi abuela no hubiera llegado nunca tarde un 2 de noviembre al cementerio, por lo que la tarea de recolección de hojas, limpieza de la placa y demás obligaciones, estaba cumplida desde temprano.
No tengo idea de lo que este ritual significaba para mis padres, la visita anual a la tumba de sus padres, la contemplación de un nombre grabado en un metal, la visión del cemento bajo el calor agobiante de un noviembre cualquiera en el interior.  Para mi era un ancla a las raíces, una sucesión de rutinas repetidas en familia, que se llenan de sentido por el solo hecho de compartirlas con quienes forman el pequeño clan.
Hoy, si me preguntan qué extraño de mi pueblo, seguramente recuerde con nostalgia el ritual del 2 de noviembre, que tan odioso me resultaba siendo niña, pero que colaboraba con la certeza de saber quién era y a dónde pertenecía.

Es hoy, es hoy!! Llegó el Equinoccio Vernal


En este preciso momento se produce la entrada de la primavera.  Siendo las 00.59 del 23 de setiembre de 2010 termina la estación del frío y el recogimiento, para dar paso a los vientos, el polen y las abejas.
Hoy el día tiene exactamente la misma duración que la noche, los dos polos están exactamente a la misma distancia del sol.
Hoy mientras nosotros entramos en la estación del florecimiento y en el hemisferio norte entran en la estación de las cosechas, el Polo Norte deja sus 6 meses de día para pasar 6 meses de noche y lo contrario ocurre en el Polo Sur.
Hoy el sol saldrá exactamente por el Este y se pondrá exactamente por el Oeste.

Pero más allá de los datos estrictamente meteorológicos, hoy renace la naturaleza y nosotros dentro de ella, así que dejen que la piel se renueve sintiéndose serpientes, desperécense como osos que terminan de invernar y revoloteen como mariposas recién salidas de su crisálida.

Sean  animales en primavera y disfruten del renacimiento!

Yo soy de donde hay un río...



En la zona ubicada entre el Río de la Plata y el Río Uruguay, una vez hubo un grupo de hombres y mujeres que sintieron que pertenecían a aquel lugar, más allá del nombre que llevara la tierra que pisaban.
Hubo negros, mestizos, indios, gauchos, chinas, hombres y mujeres de la campaña y de las ciudades, que se dieron cuenta que aquellos que los gobernaban lo hacían abusando, robando, aprovechándose y tratándolos como ciudadanos de segunda.
Hubo también algunos hombres que tuvieron la capacidad de convocar esos sentires, darles nombre y encausarlos. Y los otros los escucharon, les creyeron, los siguieron y fueron miles de voluntades tras el mismo sueño.
Pero este pedacito de suelo, enmarcado por ríos, océanos y lagunas, salpicado de sierras y bendecido por tierras fértiles, era un tesoro que los poderosos invasores no estaban dispuestos a perder.
Murieron miles de hombres y mujeres dispuestos a pagar con sangre el derecho a vivir libres. Las convicciones no se debilitaron pese a las marchas y contramarchas, pese a la traición, pese al poder confabulado, pese a la pobreza, el hambre, el sufrimiento y el destierro.
Un día, en esta zona ubicada al sur del cono sur, al borde de un río y bajo un cielo azul celeste, algunos hombres seguramente se afeitaron y vistieron de gala, madrugaron y apuraron el paso, sintiendo en los nervios la relevancia de aquello que estaban por lograr.
Ese día, en la Sala de Sesiones de la Representación Provincial en la Villa de San Fernando de la Florida, 20 representantes firmaron un papel que afirmaba con énfasis que aquí nunca más se toleraría la tiranía, que esta es una tierra libre, que estos son hombres y mujeres libres.
Y ese día, esos hombres y mujeres, los que murieron, los que lucharon, los que se exiliaron y los que vivieron para celebrarlo, nos regalaron una semilla de nación que recibimos cada una de las generaciones de uruguayos y que tenemos la obligación de cuidar.
No fue simple el camino posterior, pasaron 5 largos años para plasmar la libertad en un compilado de reglas de convivencia que nos llevaran a la constitucionalidad y luego los revoltosos orientales nos las arreglamos para pelearnos entre nosotros y con otros, cada vez que pudimos. Guerra civil en 1832, que le abrió las puertas a Rosas para invadirnos en el 43 y quedarse 9 largos años, la fatídica guerra de la Triple Alianza entre el 65 y el 70, en la que bajamos los cuernos y peleamos por la causa de otros, los caudillismos de peleas eternas entre colorados y blancos y casi 30 años de guerrilla y dictadura en el siglo XX.
Hoy tenemos un país del cual sentirnos orgullosos, hoy somos un pueblo, somos un lugar entre dos ríos que late y sueña.  Pero no olvidemos que lo somos, porque hubo un día un grupo de hombres que creyó que la utopía era posible. Y lo fue.
Feliz Día de la Independencia Uruguaya para todos!

Holanda conquista Sudáfrica, otra vez...

Lo que no se dice en los relatos futbolísticos
Tanta euforia futbolera, no ha dejado espacio para la reflexión histórica a la que obliga este mundial en tierras sudafricanas.
Sudáfrica, país de un continente pisoteado, empobrecido, arrasado, violado y humillado hasta el hartazgo por varias naciones "civilizadas", es el escenario del espectáculo que periódicamente arman las potencias económicas del deporte, para mantener sus empresas fuertes y saludables. Y tras tanto brillo, tras tanta pasión, tras tanto nacionalismo, se esconden pueblos pobres, muertos de sed y hambre, a los que los colonizadores occidentales han tratado de arrancar a palos sus costumbres y raíces culturales.Después de todo África, las ha pasado peor que América en ese sentido ¡y eso que América las ha pasado!
Pero como la humanidad no se cansa de generar ironías históricas, estamos a punto de presenciar una más: este domingo, Holanda, el país que conquistó y esclavizó Sudáfrica en el siglo XVII, disputará la final del campeonáto mundial de fútbol en las tierras en las que asesinó niños, mujeres, hombres y ancianos bajo la bandera de la colonización. Y para completar el circo romano que es esta final del mundo, disputará el primer puesto con el otro gran asesino de pueblos conquistados, España, artífice de la extinción de los pobladores nativos de América y ladrón incansable de las riquezas naturales de nuestras tierras.

Un poco de historiaEn 1652 un grupo de colonos holandeses, encabezados por Jan Van Riebeeck, se establecieron cerca del Cabo de la Buena Esperanza, en el suroeste del continente africano. Ésta era una estación clave en la ruta marítima hacia las Indias Orientales Holandesas, y donde se juegan dinero y poder, ya sabemos que los seres humanos suelen perder su calidad de tales. Así que se entretuvieron un siglo y medio expandiendo la colonia, durante la que para completar, encontraron diamantes y oro, además de las riquezas naturales de este continente increíble, por lo que no escatimaron esfuerzos en la sangrienta conquista de los territorios de diversas tribus africanas, como los xhosa, zulu, sotho y thembú.
La resistencia negra fue heroica, pero al hombre blanco con superioridad bélica no hay quien lo detenga, así que los rubios africaners o boers se quedaron con su botín hasta que a principios del 1800 vinieron los ingleses a tomar la posta de la crueldad. Los flemáticos bretones olfateando las riquezas, echaron a patadas a los holandeses y se dedicaron a seguir exprimiendo la jugosa fruta africana, utilizando el apartheid como su más grande estrategia de poder.

La memoria nos hace fuertesEsto no es más que una simple reflexión, no es ni una denuncia, ni un llamado a la rebelión.
Yo grité los goles de Uruguay, me emocioné con el himno, disfruté con las notas de color de los periodistas diseminados por las calles de cada ciudad mundialista.
Pero no está de más el recuerdo del contexto, la valoración de lo que es ineludible, el repaso de lo acontecido. No está de más mirar esta fiesta desde el cristal de la conciencia histórica y este domingo, mientras abultamos las audiencias de los dueños de las corporaciones mutimediáticas internacionales y los bolsillos de los dueños del deporte (la FIFA y su séquito), recordemos que las selecciones que se llevan los laureles, representan a los países que hace 5 y 3 siglos respectivamente, destruyeron los pueblos con los que ahora celebran.
Este país en expansión, creciendo y mirando al futuro, recibe al mundo y celebra con él, llevando a Holanda como posible ganador de un campeonato que se juega en una Sudáfrica gobernada por el partido de Mandela, donde hoy los negros son el poder. Y esto puede no ser más que una mera coincidencia, pero es al menos, una ironía histórica sin discusión, y conocer la historia siempre nos hace más fuertes.

Qué les enseñamos a nuestros hijos?

Día de la Mujer

La discriminación se construye a partir de los pequeños gestos de cada día:
Cuando le decís a tu hijo: "no llores como una nenita", estás formando un discriminador.
Cuando le decís a tu hija: "no seas grosera como los varones", estás formando una discriminadora.
Cuando decís: "los hombres son todos iguales", estás difundiendo la discriminación.
Cuando decís: "es cosa de minas", estás profundizando la discriminación.

Hombres y mujeres son valiosos y necesarios por sus sentimientos, actitudes, sueños, esfuerzos, luchas y esperanzas.
No te hace más inteligente o sensible el ser mujer, no te hace más fuerte o hábil el ser hombre.

¡Feliz 8 de marzo para todos y todas!

Acerca de la euforia de fin de año

El de hoy será sólo un nuevo atardecer, una noche más con luna llena, después de la cual el sol vuelve a salir.
Si les sirve este mojón para cerrar ciclos y renovar sueños, háganlo!! siempre es bienvenido ese ejercicio. Pero no se olviden de disfrutar la vida el resto de los días del año, acuérdense de sus amigos lejanos por ejemplo el 15 de abril, llamen a la familia cualquier 20 de marzo o 17 de agosto, propónganse ser buenos no sólo una vez al año, y si saben que no pueden cumplir ese propósito, dejen de proponérselo! Deséenle buenas cosas al vecino cuando lo crucen en el ascensor cualquier mañana de estas, miren con orgullo a sus hijos siempre que lleguen de la escuela transpirados y bulliciosos.
Esta noche sólo es una excusa para celebrar, que no está de más, pero el desafío es encontrar todos los días motivos para festejar la vida.
Algunos días serán motivos chiquitos y tímidos, otros serán grandes motivos envueltos en papel dorado y adornados con cintitas, y habrá días en que busquemos esos motivos entre los almohadones del sillón, debajo de las camas, dentro de los placares y pensaremos que los perdimos... pero no, busquen bien y van a ver que siempre hay uno escondido en algún rinconcito.

Muerte de Gros Espiell




Hace 9 años, yo tenía 24 y sabía muy pocas cosas. Y no es que ahora sepa muchas, pero entonces conservaba casi intacta gran parte de mi inocencia pueblerina pese a haber vivido 6 años en la capital, tener un título universitario y varias andanzas ciudadanas en mi haber.
Emprendía mi primer viaje fuera de fronteras, en mi primer puesto de gerente de marketing de una empresa internacional. Volaba por primera vez con destino a Quito, Ecuador, dejando en Montevideo a mi niña de 15 meses, por lo que seguramente la ansiedad y la incertidumbre se leían en mi cara con letras mayúsculas.
Cuando llegué a mi asiento en el avión, un señor de estatura mediana y cara de abuelo amable me sonrió, saludó gentilmente y se ofreció a dejarme el asiento de la ventanilla, pues él "ya había visto todo lo que había por ver en aquel vuelo". Era el señor Héctor Gros Espiell, con quien viajé a Buenos Aires, luego a Santiago de Chile, luego a Bogotá y luego a Quito, en el recorrido con más escalas que pudo conseguirnos la agencia de viaje de turno.

Este señor, de una calidez y sabiduría asombrosas, había sido Doctor en Derecho, profesor de Derecho Constitucional, emérito de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, de Derecho Internacional, distinguido de la Universidad Nacional Autónoma de México, Honoris Causa de la Universidad de Concepción de Chile y en dos ocasiones de la Academia de Derecho Internacional de la Haya, Director Ejecutivo del Instituto Interamericano de Derechos Humanos en Costa Rica, Juez y Presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y miembro en representación del Uruguay de: la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, de la entonces Sub Comisión de Protección de Minorías y Prevención de Discriminaciones, Sub Secretario General de las Naciones Unidas y representante Especial del Secretario General para el Asunto del Sahara Occidental y Ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay, y viajaba junto a mi en un vuelo comercial sin utilizar sus beneficios diplomáticos, ya que consideraba falto de ética hacer pagar al pueblo uruguayo un viaje que él realizaba en forma particular, contratado por una institución educativa ecuatoriana para dar un seminario sobre derecho internacional.

La conversación se inició en Montevideo, mientras el avión levantaba vuelo, continuó en la camioneta que nos llevaba al hotel en Buenos Aires, luego en el salón comedor a la hora de la cena y finalizó esa noche después de un rico café. Al día siguiente entré al comedor a desayunar y me saludó con la mano desde detrás del diario que ya estaba terminando de leer. En 15 minutos me hizo un resumen de las noticias internacionales del día, con la coloquialidad y claridad que sólo tienen los hombres que saben de lo que hablan.
No era un hombre que hablara de si mismo, más bien estaba interesado en los pueblos y en los seres humanos que construyen esos pueblos. No monologaba, no daba cátedra, él dialogaba conmigo interesado realmente en saber lo que yo opinaba sobre cada tema que abordábamos.
Hicimos juntos el resto del viaje y mientras me interrogaba sobre mi visión de jovencísima licenciada en marketing, me contaba sobre las regiones que sobrevolábamos, sus costumbres, sus culturas y sus historias.
Fueron dos días en los que aprendí más que en cuatro años de carrera universitaria, aprendí sobre tolerancia, humildad y amor a Latinoamérica.




Cuando llegamos a Quito, una comitiva lo esperaba para evitarle el trámite de inmigración y llevarlo en limusina al hotel 5 estrellas en el que iba a hospedarse. Frente a los funcionarios de aduanas que prácticamente lo reverenciaban, extendió su brazo señalándome y dijo: "la Licenciada Barrera viene en viaje de negocios contratada por la empresa Sistemtel Ecuador, facilítenle el ingreso al país pues llega cansada por el largo viaje". Me sonrió y se despidió con un buen apretón de manos mientras me agradecía por la interesante charla. Yo perpleja, balbuceé un "gracias Dr." y me quedé con la sensación de haber conocido a un ser iluminado, sin haberle podido agradecer la lección de vida recibida.
Hoy, a los 83 años falleció un hombre que hizo mucho por nuestro país, que fue llamado por los gobiernos de todos los colores y que fue en el mundo un representante inigualable de nuestra cultura y nuestros intereses, sin olvidar nunca las culturas e intereses del todos los hombres y mujeres del resto del mundo.
Dr. Gros Espiell, no pude decírselo aquella tarde en el aeropuerto de Quito, gracias por lo que me enseñó.