Siempre he disfrutado mucho de la escucha y la observación.Siendo niña solía divertirme más sentada en la zona de adultos, que jugando en la zona de niños. No porque los adultos me parezcan divertidos, sino porque me maravilla la interacción humana. El diálogo me cautiva y puedo presenciarlo durante horas sin necesidad de intervenir. A no ser, claro, por algún bocadillo de tono ácido que en ocasiones no puedo evitar, que se me desborda y cae de mi mente sin filtro muchas veces, hacia el exterior no siempre receptivo.
El ómnibus, escenario incomparable del comportamiento humano, ha sido una fuente inagotable de placer para mi voyerismo mundano. Y así me paso los viajes escuchando lo que unos y otros piensan sobre las cosas de la vida, dicen sobre las gentes de sus vidas, mienten sobre las proezas de sus vidas o sueñan sobre las miserias de sus vidas.
Así las cosas, este ámbito de moderna socialización que son las redes sociales, me resulta casi tan cautivante como una conversación de reunión o un viaje en bus. Leo a los que publican frases trascendentales repetidas hasta el hartazgo por poetas improvisados, leo a los que publican noticias comentadas hasta el hartazgo por seudoanalístas, leo a los que relatan su crónica personal de vida respondida hasta el hartazgo por otros autobiógrafos, leo a los que tienen la habilidad de re-postear cosas interesantes re-posteadas hasta el hartazgo por los habilidosos clasificadores virtuales. Pero fundamentalmente me fascinan las recetas. No hay fenómeno más humano, no hay gesto más terrenal, no hay vicio más expandido que la prescripción, que la recomendación de procedimientos adecuados para conseguir los resultados anhelados.
En el menú de las recetas hay para todos los gustos. Unas recetas son las recetas absolutas, esas suelen comenzar con la frase "vos lo que tenés que hacer es..." y terminan con la fórmula mágica para resolver todos tus problemas. Yo suelo medir la potencial efectividad de la receta, con el éxito de su portador respecto al tema en cuestión. Puede ser simplista, pero me parece justo. Si quien me receta es un pelagatos como yo, dudaré bastante de sus recetas para el éxito económico.Luego están las recetas de autor, esas pueden tener el formado de "a mí me sirvió hacer tal o cual cosa" o también "yo que vos, haría esto o lo otro". Son un poco menos imperativas que las anteriores, pero más cobardes también. Este buen recetador nos dice lo que tenemos que hacer, sin arriesgar un juicio contundente o peor, poniéndose como ejemplo a imitar. “Descónfio” diría mi abuelo.
Nunca faltan las recetas prestadas, esas que relatan soluciones infalibles que le sirvieron a la prima de la amiga del hermano de una vecina que estaba en una situación idéntica a la tuya. En este caso la responsabilidad se diluye en la cadena de mando y nunca vas a poder reclamarle al eslabón inicial, porque nunca sabremos bien quién es.
Y finalmente están las incomparables, las poéticas, las innumerablemente replicadas recetas de muro. Cuando yo era adolescente eran las que escribíamos en las paredes, tapas de cuadernola, mesas de bar, puertas de baños o servilletas. Esas que nunca faltaban en el cuadrito del Mercado de los Artesanos, en la tarjeta de felicitaciones o en el batik con la cara del Che. La que más recuerdo es "Si amas algo déjalo libre, si vuelve es tuyo, si no lo hace, nunca lo fue". No me voy a poner a analizar esta lista de ingredientes para la felicidad, pero huelgan las palabras sobre su dudosa efectividad o su lejana relación con la realidad.
Muchas de estas recetas
provienen de textos literarios, la mayoría de las veces sacadas de
contexto o reproducidas con "libertad" en versiones casi de plagio.
Antoine de Saint Exupery o Richard Bach son candidatos fijos para la
cita.Y es así como Facebook, triste espejo de nuestras miserias
humanas, es un prolífico semillero de recetas, las hay para la
felicidad (haz tal cosa, se de tal manera, actúa con tal criterio y
serás verdaderamente feliz), las hay también para el éxito (confía en
el destino, trabaja con ahínco, ve por la vereda de la sombra y verás
tu arcas desbordar), las hay para la trascendencia (despójate, deja
todo lo conocido, aléjate del consumismo, renuncia al mundanal ruido y
tu alma se llenará de sabiduría).
Yo tengo una receta anti-receta, un manual para exorcizar recetarios que leo cada día que puedo (intentando que estos días sean todos), mi ancla al fango es el blog de Saramago, un hombre cuya vida trascendió su muerte http://cuaderno.josesaramago.org.
Es para mí siempre una vuelta a la sensatez, es un reencontrarme con el análisis lúcido, con la reflexión cálida, con la palabra constructiva después de tanta lectura contaminada de sinrazón. Mi lectura es al azar, entro y pincho un link cualquiera, sobre cualquier cosa y escrita en cualquier fecha, y siempre termina siendo una lectura esclarecedora o de alguna manera enriquecedora para mi búsqueda cotidiana.
Hoy, cuando volví después de un buen tiempo a buscar consuelo entre las páginas de los cuadernos del maestro, me encontré en esta ruleta de pensamientos con lo siguiente y una vez más agradecí tenerlo al alcance.
"Decimos.
Decimos a los confusos, Conócete a ti mismo, como si conocerse a sí mismo no fuese la quinta y más difícil operación de las aritméticas humanas, decimos a los abúlicos, Querer es poder, como si las realidades atroces del mundo no se divirtieran invirtiendo todos los días la posición relativa de los verbos, decimos a los indecisos, Comenzar por el principio, como si ese principio fuese la punta siempre visible de un hilo mal enrollado del que bastase tirar y seguir tirando hasta llegar a la otra punta, la del final, y como si, entre la primera y la última, hubiéramos tenido siempre en las manos un hilo firme y continuo del que no ha sido necesario deshacer nudos ni desenredar marañas, cosa imposible que suceda en la vida de los ovillos, y, si se nos permite otra frase de efecto, en los ovillos de la vida."
Yo tengo una receta anti-receta, un manual para exorcizar recetarios que leo cada día que puedo (intentando que estos días sean todos), mi ancla al fango es el blog de Saramago, un hombre cuya vida trascendió su muerte http://cuaderno.josesaramago.org.
Es para mí siempre una vuelta a la sensatez, es un reencontrarme con el análisis lúcido, con la reflexión cálida, con la palabra constructiva después de tanta lectura contaminada de sinrazón. Mi lectura es al azar, entro y pincho un link cualquiera, sobre cualquier cosa y escrita en cualquier fecha, y siempre termina siendo una lectura esclarecedora o de alguna manera enriquecedora para mi búsqueda cotidiana.
Hoy, cuando volví después de un buen tiempo a buscar consuelo entre las páginas de los cuadernos del maestro, me encontré en esta ruleta de pensamientos con lo siguiente y una vez más agradecí tenerlo al alcance.
"Decimos.
Decimos a los confusos, Conócete a ti mismo, como si conocerse a sí mismo no fuese la quinta y más difícil operación de las aritméticas humanas, decimos a los abúlicos, Querer es poder, como si las realidades atroces del mundo no se divirtieran invirtiendo todos los días la posición relativa de los verbos, decimos a los indecisos, Comenzar por el principio, como si ese principio fuese la punta siempre visible de un hilo mal enrollado del que bastase tirar y seguir tirando hasta llegar a la otra punta, la del final, y como si, entre la primera y la última, hubiéramos tenido siempre en las manos un hilo firme y continuo del que no ha sido necesario deshacer nudos ni desenredar marañas, cosa imposible que suceda en la vida de los ovillos, y, si se nos permite otra frase de efecto, en los ovillos de la vida."




























