La ciudad que llora

Los miércoles voy y vengo un par de veces del Centro al Parque Rodó.  Llego a Gonzalo Ramírez y Paullier, me bajo del ómnibus dilatando el momento dulce en que invade las narinas el olor a jacarandás, cipreses y ciruelos y recorro lentamente una cuadra y media bajo la sombra, alargando la pausa previa al trabajo.
El lago en estos días de mormaso, es un plato verde infectado de mosquitos.  El chorro que se eleva en el medio provoca que las nubes de insectos circulen en una constante danza de la lluvia.
El calor obliga a descubrir la piel, hombros y piernas al aire pese a la palidez. Esa piel que siente caer una leve llovizna caminando por Gonzalo Ramírez.  Miro hacia arriba, ni una nube, el sol asedia implacable tras las ramas tupidas.  Sigo el camino, sigue la lluvia.  Vuelvo a mirar arriba en un movimiento reflejo.  Es el “llanto de los tipas”, llamados también palo rosa, árboles de brazos generosos y sombra fresca que a finales de octubre y noviembre provoca esa lluvia de savia tan frecuente en Buenos Aires, donde abunda esta especie.
Sigo el disfrutable aunque corto camino al yugo cotidiano, llego a la esquina de 21 de Setiembre donde las estructuras desnudas de hierro blanco prometen un cercano tiempo de ferias de navidad, herencia del libro y el grabado, compras y regalos de un verano que se convierte en vacaciones.
Miro hacia atrás con cierta nostalgia y dejo los tipas que llueven mientras me interno en la casona de la esquina y me paro frente a un salón lleno de adormilados estudiantes de marketing.
El viaje a la inversa me lleva al límite entre el Centro y la Ciudad Vieja, me bajo en la Plaza Independencia sólo por placer, evito entrar al down town en bus, prefiero caminar por la Peatonal Sarandí que hierve de puestos, casas de arte, ropa de diseño, olor a comida y corbatas asfixiantes.  Gozo del privilegio de caminar con tranquilidad, con mi vestido fresco y sin apurar el paso, desde la plaza hasta la aduana, disfrutando el paisaje urbano, del paisaje sonoro que fusiona la bossa del guitarrista, el carnavalito del charango peruano, el reggaeton del parlante de un feriante y el jazz del veterano saxofonista.
El mobiliario urbano se mezcla con las timbó, que largas y estilizadas le dan un aire tropical al viejo barrio y privan de sombra a los acalorados oficinistas que trotan sobre los adoquines.
Aquí también llueve.  Miro hacia arriba, el sol casi llega al cenit.  Ni una nube aún.  Sigo a paso de paseo, me sumerjo en el asfalto y de tanto en tanto todavía llueve.
No, no son los bellos tipas, no hay nada de fresco, ni poético, ni natural en esta lluvia del centro de la ciudad. Los culpables son los aires acondicionados, llueven el sudor y la humedad de las oficinas y los apartamentos, desde todos los pisos de todos los edificios desde la aduana hasta el obelisco por las principales arterias.
Esquivo cada gotera con un asco visceral, imagino la procedencia del líquido, vapor humano condensado y atrapado en una máquina, que luego escupe inclemente al peatón incauto.
Y pienso que no hay derecho, decenas de goteras afeando mi caminata veraniega, miles de seres egoístas imponiendo su confort sin la más mínima consideración, sin el menor cuidado, sin tomarse el insignificante trabajo de poner a sus máquinas del clima un caño de desagüe que lleve los fluidos al suelo sin tanto daño colateral.
Me pierdo rumbo a la escollera maldiciendo la lluvia acondicionada, deseando teletransportarme a la sombreada vereda del Parque Rodó, bajo la lluvia de savia de los tipas que lloran.