12 años de luz


Cuando Pilar era chiquita, me gustaba ponerle música antes de dormir.  Leíamos algún cuento o conversábamos un rato y después me quedaba sentada al lado de su cama hasta que se dormía.  En ese momento ponía música clásica en la radio, generalmente Emisora del Sodre y ella enrulaba un mechón de mi pelo o tocaba mi oreja hasta dormirse abrazada a su "caramelo", un almohadón con esa forma que la ha acompañado desde que nació.
Ese momento de "casi dormir" es un desafío diario, cuando los niños hacen fuerza por seguir despiertos y los adultos no respiramos con tal de que caigan rendidos.
Cuando tenía unos cuatro años una noche estábamos en ese ritual nocturno, después de apagar la luz y prender la radio, había estado casi 5 minutos con sus deditos enredados en mi pelo y los ojos cerrados, yo sentía que había ganado mi pequeña batalla diaria contra el desvelo mientras sonaba la música del Sodre, cuando de repente se incorpora en la cama, me mira con sus enormes ojos bordeados de espesas pestañas y me dice: "mami, no tenés una de la Vela Tuerca?".
Dulce e inteligente, cuando las cosas se ponen difíciles les pone el hombro, se ríe con ganas de los chistes tontos y se toma el tiempo de interceder con sus amigas cuando hay malos entendidos.  Irrumpe en el baño mientras me ducho y se sienta en el inodoro para contarme el último capítulo del libro que está leyendo. Tiene música en el cuerpo, baila mientras cuelga la ropa y toca la guitarra con la facilidad de quienes lo hacen por placer.
Adora cocinar y comer, maldita herencia que tendrá que llevar con entereza. Abraza con fuerza y besa con franqueza.  Se expresa con cariño, dice "te quiero", "te extrañé" o "te necesito" y suelta sin miramientos sus frases de humor irónico, que te hacen querer matarla y besarla a la vez.
Desde que aprendió a hablar, no ha parado de hacerlo, pese a mis súplicas y las de sus maestras.  Pero su conversación es inteligente y amena, lo que hace que uno disfrute de su verborragia ininterrumpida.
Es solidaria, le duele el dolor ajeno, la enoja la injusticia y está siempre lista para dar una mano, aunque se queje cuando le toca fregar o guardar la ropa lavada.
Me llama tres veces desde que sale de casa todas las mañanas hasta que llega al colegio, que queda a 10 cuadras de aquí. Una para decirme que está en el ómnibus, otra para decirme que se bajó y la tercera para decirme que llegó al colegio.  Pero no es temerosa o aprensiva, sólo quiere evitar que me preocupe y actúa con responsabilidad extrema.
Desde que tiene dos o tres años, se encarga de compensar mis distracciones, encuentra el teléfono cuando lo guardo en la heladera o me avisa cuando estoy olvidándome de la cartera en la casa de una amiga.
Es paciente, ha acompañado el crecimiento de unos cuantos primos y primas menores de diversas edades, jugando juegos repetitivos, enseñando canciones o palabras, tirándose al piso o trepando árboles.  A veces se pone un poco gruñona, pero siempre termina cediendo y cargando con dulzura con los más chicos.
La entusiasma la vida y me sigue en mis andanzas siempre con una sonrisa.  Comparte una noche de confesiones de amigas, una obra de teatro algo aburrida, hace pogo en un concierto del Cuarteto o dormita viendo a Moska en el Solís, pero su comentario al final es siempre positivo.
Se sube a un ómnibus para ir a Piriápolis o Flores con la misma expectativa con la que espera los cruces a Bs. As. o un vuelo a Bahía y más lejos todavía. Cada viaje, por más trivial o cercano que sea, es para ella una aventura disfrutable.
Pilar cumple 12 años, y yo cumplo con ella los mismos años de vida de algún modo.  Me ha dolido cada uno de sus golpes y sus otitis, me ha hecho feliz cada uno de sus logros, he crecido con cada uno de sus aprendizajes, he disfrutado cada uno de sus despertares y he temblado con cada uno de los riesgos que ha corrido.
No puedo quejarme, soy una madre afortunada.