Flotan en el aire, casi parece que pudieran tocarse. Las partículas aromáticas se esparcen, saturando el ambiente.Uno siente cómo penetran las mucosas olfativas y se mezclan con las papilas gustativas provocando la saliva, abriéndose paso por la red eléctrica hasta el núcleo mismo, hasta el centro de operaciones dentro del rígido cráneo.
Viajan directo al punto central, por el sistema límbico al hipotálamo. Y en ese momento estallan, se disparan las imágenes, las sensaciones, los trozos de vida escondidos en los rincones del recuerdo.
En un flash pasa una tormenta de verano vista tras los cristales de mi casa del pueblo, el césped mojado, la oscuridad interrumpida por la luz de un relámpago, los pájaros acurrucados entre las ramas de los árboles.
Pasan por la retina un par de botas de lluvia rojas bajo la túnica blanca, chapoteando en el pequeño río junto al cordón de la vereda, volviendo de la escuela.
Aparece el ruido del aguacero sobre un techo de zinc y mi padre subiendo la escalera para la limpieza apurada de los caños de desagüe, cuando el otoño lo tapizaba todo de hojas de plátanos.
Se
tiñe el recuerdo con el color beige de la arena en la playa, cuando va
cubriéndose de pequeños círculos, gota tras gota, absorbiendo
prodigiosamente el agua que recibe desde el cielo gris plomo.La mágica secuencia de sensaciones que se dispara, me lleva de ida y vuelta a la niñez, al interior, a la playa, al puerto y me descubre las piezas dormidas en los recovecos de la memoria, para revivirlos de golpe en el instante en que traspaso la puerta de mi casa y me invade el olor a tierra mojada previo a la tormenta.