Durante muchos años me intrigó el cuento de Pulgarcito. Cómo era
posible que el ogro oliera a los niños, en aquel pasaje que tanto me
atemorizaba: "Aquí huele a niño!". Sería que los niños no estaban muy
limpios? pero entonces no sería olor a niño, sino a niño sucio. O sería
que la alimentación de los niños criados en el bosque hacía que olieran
de un modo tan particular?
Muchos años después la humedad de este
otoño gris y tibio me trae la respuesta. No hay ámbito más indicado para
darse un buen baño de olor a niño, que el de un salón escolar en otoño.
Mi
oficina está ubicada al otro lado del salón de los niños más pequeños
de la escuela, y hoy al pasar por la puerta de ese salón, me envolvió el
más nítido olor a niño.
Los niños huelen a madera dulce y algo
rancia. Huelen plastilina mezclada con papel, un dejo de celulosa y
témpera. Es un olor que impregna las narinas y que de un zarpazo te
coloca en el salón de clases de tu niñez.
Para mí el olor a niño es
también la puerta del salón de mi padre, en cualquiera de sus escuelas,
mirada desde afuera con absoluta admiración. Es una tarde lluviosa con
recreo adentro, pisos húmedos cubiertos de papel de diario y baños
llenos del barro de todos los zapatos de la escuela.
El olor a niño
es una cocinera sirviendo decenas de vasos de leche tibia con cocoa,
algo insulsa y poco coloreada. Es un montón de papelitos pegados con
goma sobre la palabra "collage" y los dedos pegajosos, el garbanzo
ablandado y humedecido, la campana anunciando el final del suplicio.
Hoy
el olor a niño viene acompañado del descubrimiento de un mundo
secreto. Silenciosa, en las alturas de un entrepiso, soy secreto
testigo de las conversaciones que se dan bajo el piso de madera que
apenas me separa de hall de los niños de 4 y 5 años.
Por allí pasan
los niños que van al baño, allí guardan sus mochilas, allí van los
escapados y también de vez en cuando van los que están en penitencia.
En mi silenciosa guarida, generalmente solitaria, me deleito con los ruidos de los niños, que hoy acompañan a su olor.
Dos
niñas cuchichean en un rincón, en una trama intrigante ambas se cuentan
las desavenencias conyugales de sus muñecas y sus muñecos. He
aprendido que la vida amorosa de los muñecos es bastante vertiginosa e
intrincada.
Un niño habla solo, enojado, contrariado, la maestra
seguramente no imagina las injusticias a las que el pobre ha sido
expuesto, porque por supuesto, las 5 o 6 veces que marcha en penitencia a
la semana, es porque alguien más le ha hecho perder la paciencia.
Cuatro
niños discuten acaloradamente, pero se cuidan de hacerlo entre
susurros, dos o tres de ellos arremeten con sus argumentos contra el
otro, acusándolo de alguna falta grave al código de amigos que los
obliga. El otro soporta estoico el embate y luego, cuando todos vuelven
al salón, llora bajito, sin que nadie lo oiga, sólo yo.
Presenciar en
silencio la vida secreta de los niños puede ser a veces una tentación
enorme, mi instinto de "guardiana de la justicia" me llevaría varias
veces escalera abajo para consolar, para defender, para intervenir.
Pero no! sólo escucho silenciosa mientras trabajo, dejando que el mundo
secreto de los niños siga siendo de ellos. Con ese olor a niño tan
particular.
