Veo Veo







Padres!! esos seres humanos tan humanos.

Dedicamos nuestra vida a los hijos pero no siempre la tarea es exitosa.

Esta es una serie de comics donde se ve la vida familiar de un matrimonio y su hija de poco más de un año.

La mirada de mamá, la mirada de papá y la mirada de la nena... no siempre ven lo mismo.

Reflejos (Moska se refleja)

Los reflejos permiten ver más allá de los objetos; donde hay fealdad, puede reflejarse un arcoiris y entonces la belleza gana la partida.
Es en los reflejos, donde las infidencias buscan sus rendijas para deslizarse y salir a luz. Puedes ver lo que realmente pasa a tu alrededor si prestas atención a lo que se refleja en esos objetos de apariencia inocente.




Cuento I. Libro "Destino". Título "La salida"

La salida.

“Dos”, dijo el hombre sacando la billetera del bolsillo de atrás del pantalón. La mujer que subió con él siguió hacia el fondo buscando un par de asientos libres. Él la miró mientras esperaba el vuelto, ella le sonrió algo intimidada. Por fin había accedido a salir con él después de varias invitaciones, sólo con la condición de que nadie se enterara en la oficina. No era bueno que los demás supieran que ellos salían juntos, más aún siendo él el jefe de sección.
Ella pensó que era raro que él fuera soltero, era buen mozo y tenía un buen trabajo. Quizá alguna novia lo habría dejado después de muchos años de noviazgo y él no se habría repuesto aún de la desilusión.
Se sentó junto a ella y le hizo un comentario trivial sobre el buen tiempo que hacía. Ella contestó con una frase hecha sobre el mismo tema y quedaron en silencio.
Él la miró de reojo, para que ella no viera que la estaba observando; era aún más linda vestida en forma casual, los pantalones finos marcaban unas bien formadas piernas y la camisa naranja resaltaba su bronceado. Aquellos uniformes azules de la oficina, realmente no favorecían a las mujeres.
La mujer que estaba sentada delante de ellos giró la cabeza y les preguntó sobre la ubicación de una calle. Él se apresuró a contestarle con todo detalle dónde debía bajarse y hacia donde debía caminar. Ella pensó que él realmente era un buen partido, era raro que aún no se hubiera casado siendo un hombre tan educado.
Hablaban con frases cortas, buscando un tema de conversación, pero indefectiblemente caían en temas de trabajo y eso les incomodaba a los dos. No querían recordar que se conocían hacía más de dos años y que sólo habían hablado de conciliaciones bancarias y estados de cuenta. Volvieron a quedar en silencio, ella distraía el pensamiento mirando las personas que caminaban por las veredas del centro, él aprovechaba para mirarla de reojo. Le quedaba lindo el pelo suelto y el maquillaje, era una lástima que hubiera tenido que vender el auto para pagar el adelanto del apartamento, ahora tenía casa propia, pero no tenía el auto para salir con ella. Ya iba a juntar lo suficiente como para comprarse otro, en un año podría alcanzar a hacer una entrega importante y después pagaba el resto en cuotas. A ella le iba a gustar salir en auto.
Un niño le dejó una estampita sobre la falda y gritaba desde el fondo “con cualquier monedita están ayudando...”, “es para la leche y el pan...”, sacó unas cuantas monedas y las puso en las manitos sucias de chiquito.
Ella le sonrió y comenzó a hablarle sobre la tristeza que le deban los niños de la calle, de todo lo que sufrían los pobrecitos, que tan chiquitos y pidiendo en los ómnibus. Él la miraba con interés, aprobando todos sus comentarios, pero en realidad pensaba en lo bien que le quedaba el pelo suelto. Volvieron a quedar en silencio. Ella imaginó la cara de sus compañeras cuando se enteraran que había salido con él, pero recordó que había sido ella misma la que había puesto como condición que nadie lo supiera en la oficina. Era una lástima, porque a la de contaduría ya la había visto revoloteando alrededor de él más de una vez, se habría desmayado con la noticia, ella que siempre andaba provocando a todos con aquellas minifaldas.
No estaba seguro del lugar donde iban a cenar, un amigo se lo había recomendado, también podrían quedarse a bailar allí. Esperaba que a ella le gustara, él no estaba acostumbrado a salir y ella era un poco menor que él. Quizá pensaba que él era un anticuado por llevarla a aquel lugar, aunque su amigo le aseguró que a ella le iba a encantar.
Ella pasó la mano por su pelo y se detuvo desenredando un mechón, aquel gesto les gustaba a los hombres, siempre que salía y un tipo interesante se fijaba en ella, se ponía a juguetear con el pelo, no fallaba, el tipo siempre se acercaba con la excusa de comentarle lo lindo que le quedaba el pelo suelto. Ojalá no se encontrara con ninguno de esos “amigos” en el lugar donde iban a cenar, siempre era bueno tener compañía disponible, en caso de que esto no funcionara.
Él pensaba que aquel gesto la hacía más interesante, la miraba pasándose los dedos por el pelo y la encontraba la mujer más linda con la que hubiera salido. Le dijo que el pelo suelto le quedaba bien y ella sonrió pensando que aquel gesto nunca fallaba.
“Un pasito para atrás, que hay lugar, sobre la derecha, pasando...” gritaba el guarda. El ómnibus estaba lleno, los sábados de noche siempre se llenan. Él volvió a lamentar no haber tenido el auto. Ella pensó que probablemente se encontraran con alguna de las chicas de la oficina. Las solteras solían salir juntas los sábados de noche. La cara que iban a poner cuando se enteraran. Después de todo, era mejor si los veían, así ella se ahorraba tener que contárselos después de haberle pedido a él que no dijera nada. La de contaduría seguro se desmayaba.
La señora que estaba sentada delante de ellos se bajó y en su lugar se sentó un joven, cuya novia iba ya sentada en el asiento contiguo. Se abrazaron y besaron largamente, como si hubieran estado separados durante años.
Él se sintió un poco incomodo con el espectáculo, no quería mirarla para que ella no adivinara su turbación. Quitó una mancha inexistente de su pantalón para bajar la mirada con un pretexto y le hizo un comentario sobre lo largo que se estaba haciendo el viaje. Ella veía a la pareja de enamorados y pensaba que la próxima vez que viajaran en ómnibus, quizá fueran ellos los que avergonzaran a los demás con sus demostraciones de amor. Aunque era poco probable que él demostrara tal apasionamiento, siendo tan correcto. A ella le gustaban los hombres apasionados, pero él era un buen partido, no importaba tanto que fuera un poco conservador, además, si aquello no funcionaba, siempre podría recurrir a su agenda para salir con alguno de los tipos que había conocido en otras salidas.
Era mejor que se enteraran en la oficina, porque lo iba a obligar a formalizar con ella. Una vez que los demás lo supieran, ya no iba a ser una escapada de fin de semana y además, la amenaza de que la de contaduría pudiera pescarlo, iba a desaparecer. No se lo imaginaba con la de contaduría, ella sí que era apasionada.
Llegaban a la parada donde debían bajarse. Él se paró e hizo sitio entre la gente que se apretujaba, para que ella pasara delante, tocó el timbre para avisar al guarda que bajaban en la próxima, el ómnibus se detuvo y se abrieron las puertas. Él bajó primero y le extendió la mano para ayudarla a bajar, luego temió que ella lo encontrara muy anticuado por semejante galantería. Ella pensó que era raro que un hombre tan gentil, no se hubiera casado aún.

Cuento III. Libro "Destino". Título "Lluvia"

Lluvia.

Subió dando brincos, salpicándolo todo con su paraguas a medio cerrar, tironeando el impermeable que quedaba atrapado por la puerta que se cerraba, puteando al conductor del ómnibus que marchaba delante de ellos y que minutos antes lo había salpicado al pasar a gran velocidad junto a él, mojándolo por completo con agua sucia y fría.
Pagó el boleto con un billete húmedo y medio roto, guardó las monedas del cambio en el bolsillo del impermeable y se corrió rápidamente hacia el fondo. Los asientos estaban casi todos ocupados y los que no, estaban mojados o embarrados. Mejor quedarse parado en el fondo y evitar así los empujones y los golpes de los paraguas.
Aquello era el diluvio universal, hacía años que no veía llover así. Encima había dejado las ventanas del apartamento abiertas y la alfombra del cuarto ya debía estar hecha una sopa.
Los zapatos estaban tan mojados que hacían ruido cuando movía los pies. Hacía frío, seguro iba a ligarse una gripe y tendría que pasarse el fin de semana en cama. Tenía mil cosas para hacer el fin de semana, no podía darse el lujo de enfermarse, así que cuando llegara a su casa se daría una ducha caliente y se tomaría un té con miel, si no, aquel resfrío no se le iba a pasar más.
Miró el maletín que llevaba en la mano y vio que no estaba bien cerrado, lo abrió y revisó los papeles que tenía dentro. Se habían mojado, aquello era un desastre, la tinta corrida en los documentos, todas las facturas humedecidas. Susurró un “carajo” y la mujer que estaba a su lado lo miró disgustada.
La contadora lo iba a matar, seguramente mañana iba a tener que ir de nuevo al juzgado para que le firmaran esos documentos, y encima aquella lluvia parecía que iba a durar una semana.
Cuando llegara a su casa los planchaba y con suerte muchas de las manchas y arrugas quedarían disimuladas.
Si el cadete no se reintegraba pronto, iba a tener que hablar seriamente con su jefe, él no podía seguir haciendo ese trabajo cada vez que el chico decidía faltar. Últimamente se había convertido en el comodín de la oficina, llamaba a los clientes cuando faltaba la secretaria, iba al banco cuando faltaba la contadora y hacía los trámites cuando faltaba el cadete. Tenía que pasarse dibujando todo el día para terminar los planos de sus clientes y correr de arriba a abajo para cumplir con lo que los demás no hacían, eso no estaba mal porque el arquitecto Umpiérrez cada vez le tenía más aprecio, pero aquello ya estaba pasándose de castaño oscuro. Si no tenían a nadie que hiciera los trámites, que contrataran a un remplazo, él no podía seguir así; no había estudiado siete años una carrera profesional, para hacer los trámites del cadete. Si hubiera sido en verano, vaya y pase, pero en pleno invierno, con aquella lluvia, era insalubre tener que andar en la calle.
Sacó algunos de los papeles para ver cuán grave era la mojadura, no parecía demasiado preocupante, algunas gotas habían manchado el encabezado de una carta, pero no quedaría mucho rastro cuando la limpiara. Podía poner todo aquello bajo un libro pesado durante el fin de semana y el lunes, nada parecería haber ocurrido allí. Sólo algún recibo podía haberse roto, pero podía pedir que le pasaran una copia por fax desde la oficina, y así evitarse hacer los trámites nuevamente.
El conductor del ómnibus frenó bruscamente, ante un ciclista que se le había atravesado y al que casi atropella. La gente se tambaleó, alguno cayó sobre los que iban sentados, los paraguas rodaron por el piso, una niña de unos tres años perdió el equilibrio y no pudo tomar la mano de su madre, su cabeza iba a dar contra uno de los asientos cuando él soltó lo que tenía en la mano y la atajó justo a tiempo.
Los papeles volaron por todo el ómnibus, los pies embarrados de los pasajeros los pisaron, todos los documentos se habían caído y ahora no había plancha que los arreglara. La niña seguía aferrada a sus brazos y lo miraba asustada, la madre logró acercarse y lo miró agradecida. El guarda caminó hacia el fondo asegurándose de que nadie se hubiera lastimado. Todos se iban incorporando, volviendo a sus lugares, él oía las palabras de agradecimiento de aquella mujer, veía cómo otros le extendían los restos de los documentos que ahora eran sucios papeles.
Guardó lo que pudo en el maletín, ya no pensaba en nada, la mujer seguía dándole las gracias y él le sonreía. La niña también sonreía, su carita redonda, mostrando los blancos dientes, la túnica de guardería algo mojada, los ojos grandes y expresivos. La madre era una hermosa mujer, aquel rostro le resultó tan familiar, él le ofreció llevar las bolsas de la compra que le impedían cargar a su hija, ella se las extendió y tomó a la niña en brazos.
El ómnibus retomó la marcha, él era consciente de los papeles arruinados en el maletín pero no podía dejar de mirar a aquella mujer con la niña en los brazos. Ella lo miró con asombro y reconoció aquellos ojos oscuros que la miraban con familiaridad, habían sido compañeros en los primeros años de liceo, quince años atrás.
Intercambiaron algunas palabras más sobre el accidente, él le preguntó dónde se bajaba, para poder ayudarla con las bolsas. Era una gran coincidencia, él también se bajaba en esa parada. No, ella no vivía en el barrio, el padre de la niña era el que vivía allí y como era viernes, la chiquita se quedaba en su casa.
La conversación se hacía inevitable, parecía que el tiempo no hubiera pasado. Después de terminar cuarto año de liceo ella había viajado al interior con su familia, cuando trasladaron a su padre que era Juez de Paz. Había vuelto a la capital tres años después para estudiar Ciencias de la Comunicación y ahora hacía notas para un periódico y trabajaba en una editorial. Se había casado hacía siete años y se había divorciado hacía dos. No, él no se había casado, había estudiado arquitectura y trabajaba en una empresa constructora. Había tenido un par de novias formales y muchas amigas fugaces pero nunca se había enamorado lo suficiente como para casarse. Tal vez sí se había enamorado lo suficiente, pero no se había animado a tomar más responsabilidades que las de su carrera. La arquitectura había ido consumiendo tanto tiempo y atención en su vida, que cuando quiso darse cuenta, ya no era capaz de apasionarse verdaderamente con otra cosa que no fueran sus planos y proyectos.
Sí, ella también había pensado en escribirle alguna vez, pero tenían sólo quince años cuando ella viajó junto a sus padres, y era normal que aquel amor que parecía ser el más grande de sus vidas, se hubiera convertido en una anécdota con el correr de los años.
El ómnibus circulaba con lentitud por las calles mojadas de la ciudad, probablemente el conductor no quisiera arriesgarse nuevamente a tener un accidente, con las calles convertidas en una jabonosa pista de carreras.
La mujer le hablaba con una voz melodiosa, él la miraba con atención desde sus ojos oscuros. Quince años eran la mitad de sus vidas y cada detalle de lo transcurrido durante tanto tiempo, parecía ser imprescindible en la desordenada narración que interpretaban a dos voces.
La niña se había dormido sobre el hombro de su madre, él se ofreció a acompañarlas hasta la puerta del edificio para cargar las bolsas. Sí, ella podía ir a tomar un café más tarde, tenían que ponerse al día con quince años de historias y después de todo nunca habían terminado aquel refresco la tarde en que ella lo había citado en la cantina del colegio para despedirse antes de viajar al interior. Él sonrió recordando el enojo que las palabras de ella habían le habían causado, no podía comprender que después de haberse jurado amor eterno junto al árbol del patio central, ella pudiera dejarlo así, un mes antes de comenzar las vacaciones de verano. Se había enojado igual cuando vio caer los papeles de su portafolio en el piso del ómnibus.
Volvió a recordar los papeles, la contadora lo iba a matar el lunes cuando se enterara, pero ahora ya no le importaba; había sido un accidente, nada de lo que llevaba era tan importante como para hacer tanto lío, podía volver a hacer algunos trámites y los recibos podía pedirlos por teléfono, él no era el cadete, si les hacía el favor de solucionar algunos trámites, era porque le quedaban de paso, no porque fuera su obligación.
La mujer con la niña en los brazos reía con unos dientes tan blancos como los de su hija. La lluvia había parado repentinamente. Bajaron del ómnibus, él cargaba con las bolsas de la compra, el maletín, el paraguas; la conversación continuaba, la niña dormía aún sobre el hombro de su madre.

Cuento IV. Libro "Destino". Título "La Siesta"

La siesta.

Le dolía todo el cuerpo, se dejó caer en el primer asiento y miró por la ventanilla. Eran las cuatro de la madrugada y la ciudad estaba desierta. Por suerte el ómnibus había pasado enseguida, porque no podría haber esperado mucho tiempo en aquella parada. Estaba cansada, el trabajo en el bar había sido una locura, los jueves de noche se llenaba de tipos casados que huían de sus mujeres para sentarse junto a una botella de cerveza, a conversar de fútbol y decirle piropos de mal gusto a cada mujer que se les ponía delante. Para su desgracia ella debía ponerse delante de aquellos hombres durante toda la noche, para servirles la comida y soportar sus charlas insulsas y mal intencionadas.
Aquel uniforme de verano era tan insinuante, que no encontraba la forma de pasar inadvertida cuando circulaba entre las mesas atestadas de hombres desinhibidos por la complicidad del alcohol y las luces tenues. Caminaba como una sombra con su bandeja en la mano, evitando los comentarios subidos de tono y alguna que otra mano que intentaba pasar los límites de los buenos modales. El dueño del lugar habitualmente la cuidaba de los clientes más osados, pero a veces hacía la vista gorda con tal de no perder una buena venta.
La noche estaba tibia y estrellada, ojalá ya estuviera en su cama, bajo la manta, con los pies estirados y la cabeza sobre la almohada suave, los ojos cerrados, la mente en blanco. Sintió la caricia de las sábanas limpias, el olor a suavizante recorriéndole la piel, todos sus músculos se distendieron y una calma flacidez le recorrió el cuerpo. Su cama era ese sitio seguro y acogedor donde todas las tensiones del día desaparecían, dando lugar a una apacible sensación de total satisfacción. Allí tendida, con la mirada perdida en el techo blanco, no necesitaba más que aquella amplia cuna donde adormecerse y entregarse al descanso. Una bocina la volvió en sí, seguía en el ómnibus y en vez de una almohada suave, su cabeza descansaba sobre el frío metal de la ventanilla. Casi se duerme, los párpados le pesaban tanto que no podía mantener los ojos abiertos. En la radio del ómnibus sonaba una cumbia decadente, una tras otras aquellas melodías estridentes se sucedían con el mismo ritmo, los mismos lugares comunes, todas iguales. El conductor tamborileaba con sus dedos sobre el volante y manejaba prestando poca atención a la calle que se extendía frente a él. Unos cuantos muñecos de peluche, de mal gusto y cubiertos de polvo, se balanceaban colgando del techo, alumbrados por la intermitencia de las lucecitas de colores que decoraban el parabrisas.
El guarda dormitaba y muchos de los otros pasajeros intentaban mantenerse despiertos, después de horas de trabajo, o de horas de jolgorio. Aún tenía por delante media hora de viaje y el conductor parecía no tener mucha prisa por llegar.
Afuera dos niños se acomodaban en el umbral de una puerta para pasar la noche, esos sí que la tenían difícil, no los esperaba una cama confortable en ningún sitio, después de todo ella iba a poder dormir hasta el mediodía, no faltaba tanto para llegar.
Las luces de neón de los comercios le hacían arder los ojos, tanto humo le había dejado irritadas las pupilas y ya no podía mirar hacia afuera. Entrecerró los ojos para que se humedecieran y dejaran de arderle.
Ella sería maestra preescolar en un año, aquel trabajo en el bar al menos le permitía estudiar por la mañana y asistir a las prácticas por la tarde. Ultimamente se le hacía difícil mantener la atención en algunas clases, pero sólo quedaba un año para que terminara con sus estudios, así que no podía dejar aquel trabajo por ahora. Pensó en aquellos niños, los vio corriendo entre las mesas del bar que ahora parecía una guardería, llena de niños jugando en las mesas, ella les servía bizcochos y leche chocolatada en unas grandes tazas amarillas. Un grupo de hombres le pedían cerveza a gritos desde la barra de madera, pero ella reía sentada entre los niños, mojando un bizcocho en la leche tibia. Los dos pequeños de la calle ahora sorbían de sus tazones, con bigotes de chocolate y cantaban una canción de cuna con voces desafinadas. El bar estaba iluminado por nítidos rayos de sol que entraban cual cataratas por los vidrios de colores de la claraboya, ella con su túnica blanca cantaba junto a los niños mientras los hombres desde la barra, seguían llamándola con ademanes y gritos que ella no llegaba a escuchar, ya que los cantos de los niños enmudecían cualquier otro sonido.
Se despertó exaltada, miró hacia afuera, no podía reconocer el lugar donde estaba, tardó unos segundos en comprender lo que sucedía, vio un gran letrero de cigarrillos y se tranquilizó al comprobar que no se había pasado de su parada. Aún le quedaban unos quince minutos de viaje.
Muchos pasajeros habían bajado y sólo quedaban en el ómnibus ella y tres o cuatro personas más. Miró a la pareja que estaba sentada un poco más adelante, él miraba hacia afuera y ella dormía recostada en su hombro. Él cuidaba que su cabeza no se golpeara con el hierro del asiento, poniendo su brazo bajo la nuca de ella.
Pensó en los brazos que la esperaban en casa, bajo la manta tibia, los brazos fuertes que la cobijarían y masajearían sus cansados pies. Pensó en aquellos brazos trayéndole el desayuno a la cama, quitando un mechón de pelo de sus ojos mientras estudiaba, saludándola desde la ventana cuando salía hacia el bar. Se sintió desprotegida en aquel frío asiento de ómnibus, un escalofrío le recorrió el cuerpo y deseó más que nunca llegar a su casa.
El chofer conducía lentamente por las calles de su barrio y parecía que nunca iban a llegar. Volvió a cerrar los ojos, pensó nuevamente en los brazos que la esperaban en casa, quitándole los anteojos, cerrando sus libros cuando ella quedaba dormida en el sillón luego de horas de lectura. Aquellas dos ramas de árbol poderoso, de piel lisa y con olor a bosque eran el puerto donde recalar luego de la tormenta de todos los días, la llanura dócil del pecho donde esos brazos terminaban, era todo lo que deseaba encontrar dentro de su cama amplia y de olorosas sábanas o sobre su sillón, adormecido, esperándola en la penumbra de la sala. Se sintió descansada, dormida en su sillón, rodeada por aquellos brazos fuertes, las piernas estiradas y los pies descalzos sobre la alfombra mullida. Se dejó mecer por el vaivén del sillón, una brisa suave le acariciaba la piel, estaba en casa, por fin.
Una voz la despertó, “destino”, gritaba el conductor mientras el guarda terminaba de amontonar la recaudación en una caja y se ponía el abrigo para bajar; se había dormido, no estaba en casa, aún seguía sobre el frío asiento del ómnibus, estaba cansada y tendría que caminar quince cuadras de regreso a su casa.

Cuento VI. Libro "Destino". Título "Alemanas I"

Alemanas I

- Buenas tardes señoras y señores, hoy vengo a ofrecerles un producto imprescindible que no le puede faltar…
El morocho seguro me compra, enseguida miró, estos son los que compran, ahora me atiende, y si me atiende, seguro me compra.
-…la única e incomparable curita adhesiva. Si, la curita que usted siempre necesita y nunca encuentra…
La pucha, no me atiende más, ya se puso a mirar por la ventana, seguro que no compra, parece que se va a salir para afuera con tal de no comprar, hijo de la madre. La vieja aquella del fondo está meta sobarse el tobillo, ahora le encajo la del zapato nuevo y seguro me mira.
-…ideal para cuando los zapatos nuevos le lastiman los pies…
No falla, miró nomás, ahora me le arrimo, la dejo que lo piense, y la remato con el precio, ¿dónde va a conseguir curitas a diez pesos?
-… para las lastimaduras de los chiquilines, para cuando se corta cocinando. Y por tratarse de una oferta especial, para que llegue a todo el pasaje capitalino, hoy va a llevar una tira completa de curitas…
Claro, ahora bajó la cabeza, no quiere que me de cuenta que está interesada, pero yo le sigo la corriente, la dejo mansita nomás, no sea cosa que se me revire y no compre, vieja de mierda.
-…conteniendo ocho curitas adhesivas, probadas y comprobadas a solamente diez pesitos…
La maté, no pudo con la cabecita y la levantó nomás, escuchó diez pesos y le saltaron los ojos como a un sapo, te agarré veterana.
-…si, como escuchó, sólo diez pesitos y se lleva la autentica curita alemana…
¿Cómo me olvidaba de decir alemana? Pero si yo lo tenía recontra estudiado y casi me olvido de decir alemana. Eso que ya van como catorce días que ando con las curitas de porquería, y todavía me olvido de decir que son alemanas, así no me las voy a sacar más de arriba y me quedan como cien tiras más para vender.
-…no se pierda esta oportunidad, que más que una oferta es un verdadero regalo, ocho autenticas curitas alemanas por diez pesitos…
Ahora camino despacito hasta el fondo, se las muestro bien, para que vea que son ocho. La gente se piensa que los vendedores ambulantes somos todos chorros, pero no, yo le digo ocho y le vendo ocho, pobre pero honrada. Mirá el pibe este, ¿quién te iba a decir? De este sí que no me lo esperaba.
-…si, ya le entrego m’hijo. Sírvase. Diez de vuelto son veinte. Gracias, que las disfrute con salud.
Que tarada, cómo le voy a decir que las disfrute. Si las usa, es que se lastimó, y yo que le digo que las disfrute, y todavía con salud.
-…otro más que pida, no se pierda este regalo, sigo entregando las autenticas curitas alemanas a diez pesitos…
¿Y ahora qué le pasa a la vieja esta? Mira para afuera como si no le importara nada de todo lo que le dije. Tiene las patas como butifarras adentro de las chanclas y se hace la que no le importan las curitas. ¿Será que no tiene plata? No puede ser, ni siquiera revisó la cartera. Con esa cartera, no me va a decir que no tiene diez pesos.
-…se termina esta oferta señoras y señores, compre ahora porque no va a encontrar este precio en otro lugar.
Estoy al lado de ella y mira para afuera, estoy segura que me voy para adelante y me llama, siempre hacen lo mismo, primero les da vergüenza comprar en el ómnibus y cuando se les va la perdiz se arrepienten y te hacen volver medio coche para atrás. No son más taradas porque no tienen tiempo.
-… ¿alguien más que lleve la oferta? No se la pierda, después se va a arrepentir…
Y no me llama, ya llegamos a la parada y la muy perra no me llama. Este hijo de una grandísima madre me va a abrir la puerta nomás y la vieja no me llama. Y bueno, ella se lo pierde, a ver si encuentra curitas a diez pesos en cualquier lado. Que vaya nomás a la farmacia, así la fajan con curitas a veinte o treinta pesos. Se hace la pituca y no compra en el ómnibus, pero después se hace robar por cualquier matasano de túnica blanca. Curitas a diez pesos no va a encontrar, y mucho menos, alemanas.

Cuento VII. Libro "Destino". Título "Alemanas II"

Alemanas II


- Buenas tardes señoras y señores, hoy vengo a ofrecerles un producto imprescindible que no le puede faltar…
Lo que me faltaba, con el dolor de cabeza que traigo, una vendedora ambulante, y para peor de las gritonas. Además debe vender estampitas de San Cono a voluntad, para completar.
-…la única e incomparable curita adhesiva. Si, la curita que usted siempre necesita y nunca encuentra…
Bueno, por lo menos no son estampitas, y si mal no recuerdo en casa se estaban por terminar. Si no las cobra a precio de oro, le compro una tira. Los zapatos me están molestando un poco en el tobillo, debo estar reteniendo líquido, porque últimamente se me hinchan los pies.
-…ideal para cuando los zapatos nuevos le lastiman los pies…
Pero esta mujer me esta leyendo el pensamiento; yo pensando en lo que me duelen los pies y ella que sale con eso de los zapatos.
Pero… ahora que la miro, esa mujer es Elvira, la hija de aquella que levantaba quiniela en la esquina de casa, cuando éramos niñas. No puede ser que esta pobre mujer haya terminado vendiendo curitas en los ómnibus, era una niña brillante, sumaba mejor que la madre y no había quien la hiciera equivocar con el cambio.
-… para las lastimaduras de los chiquilines, para cuando se corta cocinando. Y por tratarse de una oferta especial, para que llegue a todo el pasaje capitalino, hoy va a llevar una tira completa de curitas…
Ahora me mira, mejor me hago la boba porque si se pone a conversar acá, me muero de la vergüenza. Seguramente no se debe acordar de mi, no éramos tan amigas, jugábamos juntas, pero sólo cuando ella no tenía que ayudar a la madre. Y además, ¿cuántos años pasaron? Veinticinco o veintiséis años por lo menos. Qué lastima que sea conocida, porque realmente me hubieran venido bien las curitas. Vaya uno a saber a qué precio las vende, porque si es como la madre, no creo que cobre barato.
-…conteniendo ocho curitas adhesivas, probadas y comprobadas a solamente diez pesitos…
No puede ser, diez pesos es muy barato. Pero, ¿será ella? Parece ser, pero pudiera ser alguien muy parecida. Ahora que la miro bien, no recuerdo que tuviera los ojos tan claros y además parece ser una mujer diez años mayor que yo. Bueno, yo parezco bastante menor de lo que soy, y la pobre no debe tener una vida fácil, si anda vendiendo en los ómnibus.
-…no se pierda esta oportunidad, que más que una oferta es un verdadero regalo, ocho autenticas curitas alemanas por diez pesitos…
No puede ser, viene para el fondo. Que no me vea porque me muero, mejor miro para afuera o me hago la dormida. No, la dormida no porque ya me vio despierta y se va a dar cuenta que no quiero hablarle. Gracias a Dios ese muchacho le compró. Ahora puedo mirarla bien, a ver si es ella o no. Tiene que ser, no puede haber una mujer tan parecida
-…si, ya le entrego m’hijo. Sírvase. Diez de vuelto son veinte. Gracias, que las disfrute con salud.
Ya viene otra vez, mejor miro fijamente para afuera, a ver si paso inadvertida.
-…otro más que pida, no se pierda este regalo, sigo entregando las autenticas curitas alemanas a diez pesitos…
Parece que no me ve, aunque mira mucho para acá. Capaz que le pasa igual que a mi, me mira y le parezco conocida, pero no está segura. Claro, yo no cambié tanto desde los quince hasta ahora. Debe pensar que una mujer tan joven, no puedo ser yo. Qué lástima que haya tenido que terminar así, era una buena chica. Algo loquita los últimos años, pero de buen corazón. Y tan inteligente.
-…se termina esta oferta señoras y señores, compre ahora porque no va a encontrar este precio en otro lugar.
Si mal no recuerdo, cuando mamá vendió la casa de la calle Libertad, ella y su madre ya no iban a vender quiniela, así que quién sabe de qué habrán vivido por aquellos años. ¿Se irá a pasar toda la mañana parada acá? Esta debe estar haciendo tiempo para viajar gratis. Los vendedores ambulantes son todos medios chorros y si ella está en el ambiente, se debe haber contagiado. Hacen tiempo y se bajan donde les conviene para irse a la casa sin pagar boleto.
-… ¿alguien más que lleve la oferta? No se la pierda, después se va a arrepentir…
Qué suerte que ya se va. Pensé que me iba a hablar en cualquier momento, pero no, ya se baja. El chofer se la quiere sacar de encima cuanto antes, le abrió la puerta enseguida. Como para no querer que se baje, con lo gritona que es. Pobre Elvira, tan buena chica que era.

Cuento II. Libro "Destino". Título "Por Accidente"

Por accidente.

El hombre del traje oscuro sacó un billete de doscientos pesos y se lo extendió al conductor, que lo apuñaló con la mirada. ¿A quién se le ocurría pagarle el boleto con un billete de doscientos pesos a él?, que encima tenía que manejar y cobrar. Le tiró el cambio de mala manera, para que se diera cuenta de lo que había hecho. El otro no acusó recibo del gesto hostil y se sentó con cuidado en el segundo asiento de la fila de butacas individuales que está detrás del conductor. En los asientos dobles se te puede sentar cualquiera al lado y era un largo viaje desde el centro hasta el barrio residencial donde vivía.
Iba a matar a su hijo cuando llegara a casa, el arreglo del auto le había salido una fortuna y encima en el taller no se lo habían terminado a tiempo. La próxima vez que le pidiera el auto no se lo prestaba, ni aunque prometiera hacerle los trámites de la empresa durante un mes entero. No se lo prestaba. Aunque pensándolo bien iba a tener que darle plata para que se tomara un taxi, o en su defecto iba a tener que levantarse a cualquier hora de la madrugada para ir a buscarlo a algún boliche. El chico no manejaba mal, había sido una fatalidad, mejor le pegaba un buen reto para que la próxima vez anduviera con más cuidado y todos en paz.
El tipo de la guitarra se acomodó junto a su asiento y empezó a cantar una canción de protesta revolucionaria. La guitarra le pegaba en el hombro cuando el ómnibus aceleraba y disminuía la velocidad, es una vergüenza que dejen subir a esos muertos de hambre a molestar a los pasajeros. Mañana mismo llamaría a aquel amigo influyente que trabaja en el municipio y le pediría que hiciera algo al respecto.
La canción le sonó conocida y prestó atención. Sí, él mismo la había entonado en algún campamento junto a un fogón, cuando era joven y todavía creía en las utopías. Unos muchachitos aplaudieron al cantante, ya se van a enterar ellos que la lucha es un sueño, a él también le habían vendido ese cuento cuando todavía no conocía el modo en que funciona el mundo; ahora sabe bien cómo son las cosas, tanto vendes, tanto vales. Que sueñen mientras puedan.
Fijó la mirada en la ventanilla para no ver al hombre que le extendía la mano, pidiéndole “una colaboración para un obrero de la música”. ¡Que vaya a trabajar!
Ese auto que pasaba junto al ómnibus era el de su cuñado. ¿Cómo no se le ocurrió llamarlo para que lo llevara a su casa? Sacó el teléfono celular de su bolsillo y marcó el número. La contestadora lo atendió sugiriéndole que dejara un mensaje, cortó y guardó el teléfono. Mejor, así tenía tiempo de pensar en lo que iba a decirle a su hijo cuando llegara a casa, no quería sobrepasarse con el pobre chico, después de todo nunca había chocado antes y ya hacía un año que manejaba.
La joven subió con paso decidido, se oyeron unos silbidos en el fondo del ómnibus. Seguramente era estudiante, porque subió en la parada de la Facultad de Derecho. El hombre lamentó no haberse sentado en un asiento doble, seguramente ella se hubiera sentado a su lado. Era un lindo ejemplar, muy parecida a su secretaria. Ya la convencería a su secretaria, se estaba haciendo la difícil para no parecer una cualquiera, pero con algún regalito y un ramo de flores, la tendría en sus manos. Pero tenía que andar con cuidado, porque además de linda, era muy buena en el trabajo, no podía darse el lujo de perder una secretaria bilingüe justo ahora, que venían los americanos a firmar el contrato.
Ese chico haciendo malabares entre los autos es un peligro, son unos niños y están todo el día tirando manzanas al aire, mientras esquivan los vehículos que pasan a su lado. Cualquier día atropellaría a uno y los trámites con la policía le iban a llevar un día entero. También hablaría de eso con su amigo, mañana cuando lo llamara.
La cena debe estar pronta y él todavía a mitad de camino; no llamó a su mujer para avisarle que iría en ómnibus hasta su casa y en este momento ella debía estar imaginándose cualquier cosa. Volvió a sacar su teléfono celular, marcó el número de su casa y cortó al escuchar el tono de ocupado.
Las mujeres son tan desconfiadas, sobre todo la suya, siempre preguntándole los pormenores de sus reuniones de negocios, siempre llamando a las mujeres de sus amigos para saber si él estaba con ellos, siempre desconfiando de sus salidas de los jueves. Él se reunía con sus amigos todos los jueves, desde hacía más de quince años y ella todavía seguía haciéndole las mismas preguntas cada vez que llegaba. Debía ser porque tenía demasiado tiempo para estar imaginándose cosas, siempre en su casa, con los chicos, eso no era bueno para una mujer que aún era joven y dinámica. Tenía que preguntarle a su socio por ese “garden club” donde iba su mujer, a ella le haría bien distraer la mente un poco.
El ómnibus había quedado casi vacío, sólo él y otro hombre vestido de mameluco permanecían aún en él. Pensó en levantarse una parada antes de bajarse para despistarlo, no le gustaba nada la cara de aquel tipo, podía ser un chorro de ocasión, de esos que aprovechan las oportunidades como aquellas para darte un palo y sacarte lo que llevas.
Se paró y se colocó junto a la puerta delantera. El conductor lo miró con desprecio, estos pitucos te pagan con un billete de doscientos y tan tranquilos. El otro hombre también se paró y fue a ubicarse junto a la puerta trasera. El ómnibus se detuvo y se abrieron las dos puertas. El hombre del mameluco bajó. El de traje miró al conductor y le dijo que bajaba en la próxima. El conductor volvió a apuñalarlo con la mirada y aceleró con violencia. En la siguiente parada abrió las puertas sin acercar el vehículo a la vereda, ni detener totalmente la marcha. Mientras bajaba, el hombre del traje oscuro pensó que también hablaría de esto con su amigo, cuando lo llamara mañana.

Cuento V. Libro "Destino". Título "La decisión"

La decisión.

Casi lo pierde, si no hubiera sido por que el semáforo cambió en ese momento la luz verde por la roja, seguro lo pierde.
Estaba tan distraída que ni sabía dónde tenía la boletera. Subió apurada, se tropezó con el último escalón; faltó poco para que cayera sobre el chofer, que venía tan distraído como ella y ni cuenta se dio del tropezón. Se sentó en el “asiento de los bobos” - ¿por qué le llamarían de los bobos? – ése que está junto a la puerta, mirando hacia el lado derecho del ómnibus, junto al guarda, y se puso a buscar la bendita boletera en los innumerables bolsillos de su mochila, su pantalón “cazador”, su campera “aviadora” y su riñonera. Al fin la encontró tirada en el fondo de la mochila, escondida entre las hojas del cuaderno de historia y se la extendió al guarda, que ya comenzaba a impacientarse por la infructífera búsqueda.
Le sonrió temerosa, como pidiendo perdón por la demora, o por haber ocupado el asiento maternal, o por existir. Él ya no la miraba y ocupaba su atención contando por enésima vez los billetes de un abultado fajo que guardaba en el bolsillo de la camisa gris del uniforme.
Ella se levantó para cambiarse de asiento; si permanecía allí probablemente subiría una mujer embarazada, un ciego o una viejita con bastón, y tendría que dejar el asiento, con el riesgo de que llegado ese momento, el ómnibus ya estuviera lleno.
Cuando caminaba buscando un siento disponible, el conductor frenó intempestivamente y ella fue a parar de un sólo paso al fondo del vehículo, que retomaba la marcha y la hacía tambalear sin piedad. Se sentó. El hombre que estaba a su lado, levantó por un segundo la vista de su libro y la miró de reojo sin demasiado interés.
Pasados unos minutos y una vez que se hubo acomodado con todo aquel cargamento que llevaba, se dispuso a mirar hacia la calle, que se agitaba con el ir y venir de la gente, a aquella hora en que las oficinas y comercios cierran sus puertas y los empleados emprenden el regreso a sus hogares, apurados por llegar antes que la noche caiga totalmente sobre la ciudad.
En unas cuadras pasarían frente al liceo, ojalá no subiera ninguno de sus compañeros y tuviera que explicar por qué aquel día había faltado a las últimas dos materias. Más tarde llamaría a Eugenia, su mejor amiga, pero ahora no era capaz de entablar una conversación coherente con nadie. Faltaban dos cuadras, por el parabrisas del ómnibus pudo ver la parada llena de estudiantes, pero era difícil que hubiera alguno de su clase, quedaban aún quince minutos para que terminara el escrito de filosofía, y nadie termina un escrito de filosofía antes de tiempo. Bueno, ella sí lo termina, pero hoy no se presentó a la prueba. Iba a tener que hacerle un buen cuento a la profesora, al menos el médico se había apiadado de su desesperado pedido y le había extendido de mala gana un certificado por enfermedad para que lo presentara la próxima clase.
Pasaron la parada del liceo y nadie conocido subió al ómnibus, fue un verdadero alivio. Suponía que lo que le pasaba debía leerse en su rostro como si de un letrero luminoso se tratara, imaginaba que todo aquel que la mirara, podría adivinar aquel secreto que llevaba en su mente y en su vientre.
Había sido un error terrible salir a bailar con aquel chico de la moto. Debió haber supuesto que teniendo cinco años más que ella, no iba a conformarse con unos célibes besos en la puerta de su casa como despedida. Ella en realidad no se acordaba muy bien de cómo se habían sucedido los acontecimientos, pero recordaba difusamente el cuarto del motel donde habían ido a parar, luego de varios intentos fallidos en el paredón trasero del boliche donde habían estado bailando y tomando. En realidad, no estaba segura si habían estado bailando, pero sí habían estado tomando; aquellos tragos de nombres sugestivos se bebían con facilidad y rapidez, pero hacían estragos en la cabeza de una adolescente poco habituada al alcohol, sobre todo al día siguiente, cuando no había analgésico que calmara la jaqueca. Por suerte no lo habían hecho en el paredón, ella no era muy avezada en aquellas artes y no se explicaba cómo algunas podían soportar los calambres en las piernas, cuando lo hacían paradas contra una pared. Además alguien podría haberlos visto, pese a la oscuridad del callejón y eso hubiera sido realmente humillante.
Ahora que lo pensaba, todo debió haber ocurrido con bastante rapidez, porque aún era de noche cuando regresó a su casa.
Fue una mala idea haberse sentado en el fondo, el ruido del motor que rugía bajo su asiento le estaba taladrando los oídos, y los saltos que daba el viejo ómnibus, se sentían con mayor intensidad allí.
La luz estaba apagada en la casa del chico de la moto, probablemente no hubiera llegado aún del taller mecánico donde trabajaba. Era una lástima que el ómnibus pasara justo frente al edificio donde él vivía, porque de esa forma nunca iba a conseguir olvidarlo. De todas formas iba a ser difícil que lo olvidara, con aquel regalito que le había hecho en la habitación del motel.
Nunca pensó que pudiera pasarle a ella, siempre le habían dicho que en la primera vez, nunca se queda embarazada. Bueno, en realidad no se hubiera cuidado aunque no hubiese sido la primera vez, apenas podía recordar lo ocurrido, probablemente él no habría llevado “forros” y ella nunca se hubiera animado a pedirle que se pusiera uno; si lo hacía capaz que arruinaba tantos meses tratando de salir con él, probablemente no la habría invitado nunca más a bailar, o a dar un paseo en la moto por la rambla. No le valió de nada, porque al otro día él ya se había reconciliado con su antigua novia y a ella no volvió a mirarla. ¿Qué le vería a esa mujerona? Tenía un buen físico, pero no era como para tenerlo así de agarrado, además sus compañeras siempre le decían que los hombres prefieren carne más tierna, y seguramente aquella mujer debía llevarle unos cuanto años a él, por lo menos tres.
Llegaron a la parada de la fábrica, siempre se llenaba de gente a esa hora, iban a estar como cinco minutos para volver a la marcha mientras subían todos, y encima ella sentada en el último asiento, todos se apretaban en el fondo del ómnibus y no se podía ni respirar, mejor abría la ventanilla ahora, para que nadie se fuera a ofender.
Ojalá su madre no hubiera llegado a la casa aún, probablemente demoraría una hora más en llegar, últimamente el jefe la tenía bastante ocupada y no volvía antes de las ocho y media de la noche. ¿Andaría con el jefe? No era raro, él tendría más o menos la misma edad que su madre y por lo que sabía, hacía tiempo que andaba mal con la mujer. Tenía suerte su madre, se veía que el hombre tenía plata, y para ser un veterano, no estaba mal. Ojalá esta vez no se le fuera de las manos, como se le había ido a ella el chico de la moto.
Aquel semáforo era eterno, no podía entender cómo un semáforo podía demorar tanto en cambiar de luz, después de todo no era un cruce tan transitado. No importaba mucho de todos modos, ya faltaba poco para que llegara a la parada donde tenía que bajarse y aún era temprano.
El médico no le había dejado ninguna duda, estaba embarazada de cinco semanas. Le hizo un montón de recomendaciones que no pudo retener, por suerte le escribió todo en un papelito.
Algo se le iba a ocurrir, la hija del dueño de la frutería le había hablado de un lugar donde le podían arreglar todo el pastel sin mucho trámite, si el resultado era positivo. Sí, mañana mismo hablaba con la muchacha y averiguaba bien cómo era la cosa. La plata se la iba a tener que dar ese desgraciado de la moto, si no, le hacía un buen escándalo frente a la novia y ya se iba a enterar él lo que era meterse con ella. Como último recurso podía vender las dos cadenitas de oro y la bicicleta que le habían regalado en su cumpleaños de quince. La bici estaba nueva, la había usado sólo dos veces desde que se la regalaron.
Se levantó apurada, casi se pasa de la parada, apretó el botón para avisar que bajaba, la puerta se abrió y mientras bajaba pensaba en la fiesta de cumpleaños de Eugenia, faltaba sólo quince días y ella no había decidido qué vestido ponerse, algo se le iba a ocurrir.