Lluvia.
Subió dando brincos, salpicándolo todo con su paraguas a medio cerrar, tironeando el impermeable que quedaba atrapado por la puerta que se cerraba, puteando al conductor del ómnibus que marchaba delante de ellos y que minutos antes lo había salpicado al pasar a gran velocidad junto a él, mojándolo por completo con agua sucia y fría.
Pagó el boleto con un billete húmedo y medio roto, guardó las monedas del cambio en el bolsillo del impermeable y se corrió rápidamente hacia el fondo. Los asientos estaban casi todos ocupados y los que no, estaban mojados o embarrados. Mejor quedarse parado en el fondo y evitar así los empujones y los golpes de los paraguas.
Aquello era el diluvio universal, hacía años que no veía llover así. Encima había dejado las ventanas del apartamento abiertas y la alfombra del cuarto ya debía estar hecha una sopa.
Los zapatos estaban tan mojados que hacían ruido cuando movía los pies. Hacía frío, seguro iba a ligarse una gripe y tendría que pasarse el fin de semana en cama. Tenía mil cosas para hacer el fin de semana, no podía darse el lujo de enfermarse, así que cuando llegara a su casa se daría una ducha caliente y se tomaría un té con miel, si no, aquel resfrío no se le iba a pasar más.
Miró el maletín que llevaba en la mano y vio que no estaba bien cerrado, lo abrió y revisó los papeles que tenía dentro. Se habían mojado, aquello era un desastre, la tinta corrida en los documentos, todas las facturas humedecidas. Susurró un “carajo” y la mujer que estaba a su lado lo miró disgustada.
La contadora lo iba a matar, seguramente mañana iba a tener que ir de nuevo al juzgado para que le firmaran esos documentos, y encima aquella lluvia parecía que iba a durar una semana.
Cuando llegara a su casa los planchaba y con suerte muchas de las manchas y arrugas quedarían disimuladas.
Si el cadete no se reintegraba pronto, iba a tener que hablar seriamente con su jefe, él no podía seguir haciendo ese trabajo cada vez que el chico decidía faltar. Últimamente se había convertido en el comodín de la oficina, llamaba a los clientes cuando faltaba la secretaria, iba al banco cuando faltaba la contadora y hacía los trámites cuando faltaba el cadete. Tenía que pasarse dibujando todo el día para terminar los planos de sus clientes y correr de arriba a abajo para cumplir con lo que los demás no hacían, eso no estaba mal porque el arquitecto Umpiérrez cada vez le tenía más aprecio, pero aquello ya estaba pasándose de castaño oscuro. Si no tenían a nadie que hiciera los trámites, que contrataran a un remplazo, él no podía seguir así; no había estudiado siete años una carrera profesional, para hacer los trámites del cadete. Si hubiera sido en verano, vaya y pase, pero en pleno invierno, con aquella lluvia, era insalubre tener que andar en la calle.
Sacó algunos de los papeles para ver cuán grave era la mojadura, no parecía demasiado preocupante, algunas gotas habían manchado el encabezado de una carta, pero no quedaría mucho rastro cuando la limpiara. Podía poner todo aquello bajo un libro pesado durante el fin de semana y el lunes, nada parecería haber ocurrido allí. Sólo algún recibo podía haberse roto, pero podía pedir que le pasaran una copia por fax desde la oficina, y así evitarse hacer los trámites nuevamente.
El conductor del ómnibus frenó bruscamente, ante un ciclista que se le había atravesado y al que casi atropella. La gente se tambaleó, alguno cayó sobre los que iban sentados, los paraguas rodaron por el piso, una niña de unos tres años perdió el equilibrio y no pudo tomar la mano de su madre, su cabeza iba a dar contra uno de los asientos cuando él soltó lo que tenía en la mano y la atajó justo a tiempo.
Los papeles volaron por todo el ómnibus, los pies embarrados de los pasajeros los pisaron, todos los documentos se habían caído y ahora no había plancha que los arreglara. La niña seguía aferrada a sus brazos y lo miraba asustada, la madre logró acercarse y lo miró agradecida. El guarda caminó hacia el fondo asegurándose de que nadie se hubiera lastimado. Todos se iban incorporando, volviendo a sus lugares, él oía las palabras de agradecimiento de aquella mujer, veía cómo otros le extendían los restos de los documentos que ahora eran sucios papeles.
Guardó lo que pudo en el maletín, ya no pensaba en nada, la mujer seguía dándole las gracias y él le sonreía. La niña también sonreía, su carita redonda, mostrando los blancos dientes, la túnica de guardería algo mojada, los ojos grandes y expresivos. La madre era una hermosa mujer, aquel rostro le resultó tan familiar, él le ofreció llevar las bolsas de la compra que le impedían cargar a su hija, ella se las extendió y tomó a la niña en brazos.
El ómnibus retomó la marcha, él era consciente de los papeles arruinados en el maletín pero no podía dejar de mirar a aquella mujer con la niña en los brazos. Ella lo miró con asombro y reconoció aquellos ojos oscuros que la miraban con familiaridad, habían sido compañeros en los primeros años de liceo, quince años atrás.
Intercambiaron algunas palabras más sobre el accidente, él le preguntó dónde se bajaba, para poder ayudarla con las bolsas. Era una gran coincidencia, él también se bajaba en esa parada. No, ella no vivía en el barrio, el padre de la niña era el que vivía allí y como era viernes, la chiquita se quedaba en su casa.
La conversación se hacía inevitable, parecía que el tiempo no hubiera pasado. Después de terminar cuarto año de liceo ella había viajado al interior con su familia, cuando trasladaron a su padre que era Juez de Paz. Había vuelto a la capital tres años después para estudiar Ciencias de la Comunicación y ahora hacía notas para un periódico y trabajaba en una editorial. Se había casado hacía siete años y se había divorciado hacía dos. No, él no se había casado, había estudiado arquitectura y trabajaba en una empresa constructora. Había tenido un par de novias formales y muchas amigas fugaces pero nunca se había enamorado lo suficiente como para casarse. Tal vez sí se había enamorado lo suficiente, pero no se había animado a tomar más responsabilidades que las de su carrera. La arquitectura había ido consumiendo tanto tiempo y atención en su vida, que cuando quiso darse cuenta, ya no era capaz de apasionarse verdaderamente con otra cosa que no fueran sus planos y proyectos.
Sí, ella también había pensado en escribirle alguna vez, pero tenían sólo quince años cuando ella viajó junto a sus padres, y era normal que aquel amor que parecía ser el más grande de sus vidas, se hubiera convertido en una anécdota con el correr de los años.
El ómnibus circulaba con lentitud por las calles mojadas de la ciudad, probablemente el conductor no quisiera arriesgarse nuevamente a tener un accidente, con las calles convertidas en una jabonosa pista de carreras.
La mujer le hablaba con una voz melodiosa, él la miraba con atención desde sus ojos oscuros. Quince años eran la mitad de sus vidas y cada detalle de lo transcurrido durante tanto tiempo, parecía ser imprescindible en la desordenada narración que interpretaban a dos voces.
La niña se había dormido sobre el hombro de su madre, él se ofreció a acompañarlas hasta la puerta del edificio para cargar las bolsas. Sí, ella podía ir a tomar un café más tarde, tenían que ponerse al día con quince años de historias y después de todo nunca habían terminado aquel refresco la tarde en que ella lo había citado en la cantina del colegio para despedirse antes de viajar al interior. Él sonrió recordando el enojo que las palabras de ella habían le habían causado, no podía comprender que después de haberse jurado amor eterno junto al árbol del patio central, ella pudiera dejarlo así, un mes antes de comenzar las vacaciones de verano. Se había enojado igual cuando vio caer los papeles de su portafolio en el piso del ómnibus.
Volvió a recordar los papeles, la contadora lo iba a matar el lunes cuando se enterara, pero ahora ya no le importaba; había sido un accidente, nada de lo que llevaba era tan importante como para hacer tanto lío, podía volver a hacer algunos trámites y los recibos podía pedirlos por teléfono, él no era el cadete, si les hacía el favor de solucionar algunos trámites, era porque le quedaban de paso, no porque fuera su obligación.
La mujer con la niña en los brazos reía con unos dientes tan blancos como los de su hija. La lluvia había parado repentinamente. Bajaron del ómnibus, él cargaba con las bolsas de la compra, el maletín, el paraguas; la conversación continuaba, la niña dormía aún sobre el hombro de su madre.