La siesta.
Le dolía todo el cuerpo, se dejó caer en el primer asiento y miró por la ventanilla. Eran las cuatro de la madrugada y la ciudad estaba desierta. Por suerte el ómnibus había pasado enseguida, porque no podría haber esperado mucho tiempo en aquella parada. Estaba cansada, el trabajo en el bar había sido una locura, los jueves de noche se llenaba de tipos casados que huían de sus mujeres para sentarse junto a una botella de cerveza, a conversar de fútbol y decirle piropos de mal gusto a cada mujer que se les ponía delante. Para su desgracia ella debía ponerse delante de aquellos hombres durante toda la noche, para servirles la comida y soportar sus charlas insulsas y mal intencionadas.
Aquel uniforme de verano era tan insinuante, que no encontraba la forma de pasar inadvertida cuando circulaba entre las mesas atestadas de hombres desinhibidos por la complicidad del alcohol y las luces tenues. Caminaba como una sombra con su bandeja en la mano, evitando los comentarios subidos de tono y alguna que otra mano que intentaba pasar los límites de los buenos modales. El dueño del lugar habitualmente la cuidaba de los clientes más osados, pero a veces hacía la vista gorda con tal de no perder una buena venta.
La noche estaba tibia y estrellada, ojalá ya estuviera en su cama, bajo la manta, con los pies estirados y la cabeza sobre la almohada suave, los ojos cerrados, la mente en blanco. Sintió la caricia de las sábanas limpias, el olor a suavizante recorriéndole la piel, todos sus músculos se distendieron y una calma flacidez le recorrió el cuerpo. Su cama era ese sitio seguro y acogedor donde todas las tensiones del día desaparecían, dando lugar a una apacible sensación de total satisfacción. Allí tendida, con la mirada perdida en el techo blanco, no necesitaba más que aquella amplia cuna donde adormecerse y entregarse al descanso. Una bocina la volvió en sí, seguía en el ómnibus y en vez de una almohada suave, su cabeza descansaba sobre el frío metal de la ventanilla. Casi se duerme, los párpados le pesaban tanto que no podía mantener los ojos abiertos. En la radio del ómnibus sonaba una cumbia decadente, una tras otras aquellas melodías estridentes se sucedían con el mismo ritmo, los mismos lugares comunes, todas iguales. El conductor tamborileaba con sus dedos sobre el volante y manejaba prestando poca atención a la calle que se extendía frente a él. Unos cuantos muñecos de peluche, de mal gusto y cubiertos de polvo, se balanceaban colgando del techo, alumbrados por la intermitencia de las lucecitas de colores que decoraban el parabrisas.
El guarda dormitaba y muchos de los otros pasajeros intentaban mantenerse despiertos, después de horas de trabajo, o de horas de jolgorio. Aún tenía por delante media hora de viaje y el conductor parecía no tener mucha prisa por llegar.
Afuera dos niños se acomodaban en el umbral de una puerta para pasar la noche, esos sí que la tenían difícil, no los esperaba una cama confortable en ningún sitio, después de todo ella iba a poder dormir hasta el mediodía, no faltaba tanto para llegar.
Las luces de neón de los comercios le hacían arder los ojos, tanto humo le había dejado irritadas las pupilas y ya no podía mirar hacia afuera. Entrecerró los ojos para que se humedecieran y dejaran de arderle.
Ella sería maestra preescolar en un año, aquel trabajo en el bar al menos le permitía estudiar por la mañana y asistir a las prácticas por la tarde. Ultimamente se le hacía difícil mantener la atención en algunas clases, pero sólo quedaba un año para que terminara con sus estudios, así que no podía dejar aquel trabajo por ahora. Pensó en aquellos niños, los vio corriendo entre las mesas del bar que ahora parecía una guardería, llena de niños jugando en las mesas, ella les servía bizcochos y leche chocolatada en unas grandes tazas amarillas. Un grupo de hombres le pedían cerveza a gritos desde la barra de madera, pero ella reía sentada entre los niños, mojando un bizcocho en la leche tibia. Los dos pequeños de la calle ahora sorbían de sus tazones, con bigotes de chocolate y cantaban una canción de cuna con voces desafinadas. El bar estaba iluminado por nítidos rayos de sol que entraban cual cataratas por los vidrios de colores de la claraboya, ella con su túnica blanca cantaba junto a los niños mientras los hombres desde la barra, seguían llamándola con ademanes y gritos que ella no llegaba a escuchar, ya que los cantos de los niños enmudecían cualquier otro sonido.
Se despertó exaltada, miró hacia afuera, no podía reconocer el lugar donde estaba, tardó unos segundos en comprender lo que sucedía, vio un gran letrero de cigarrillos y se tranquilizó al comprobar que no se había pasado de su parada. Aún le quedaban unos quince minutos de viaje.
Muchos pasajeros habían bajado y sólo quedaban en el ómnibus ella y tres o cuatro personas más. Miró a la pareja que estaba sentada un poco más adelante, él miraba hacia afuera y ella dormía recostada en su hombro. Él cuidaba que su cabeza no se golpeara con el hierro del asiento, poniendo su brazo bajo la nuca de ella.
Pensó en los brazos que la esperaban en casa, bajo la manta tibia, los brazos fuertes que la cobijarían y masajearían sus cansados pies. Pensó en aquellos brazos trayéndole el desayuno a la cama, quitando un mechón de pelo de sus ojos mientras estudiaba, saludándola desde la ventana cuando salía hacia el bar. Se sintió desprotegida en aquel frío asiento de ómnibus, un escalofrío le recorrió el cuerpo y deseó más que nunca llegar a su casa.
El chofer conducía lentamente por las calles de su barrio y parecía que nunca iban a llegar. Volvió a cerrar los ojos, pensó nuevamente en los brazos que la esperaban en casa, quitándole los anteojos, cerrando sus libros cuando ella quedaba dormida en el sillón luego de horas de lectura. Aquellas dos ramas de árbol poderoso, de piel lisa y con olor a bosque eran el puerto donde recalar luego de la tormenta de todos los días, la llanura dócil del pecho donde esos brazos terminaban, era todo lo que deseaba encontrar dentro de su cama amplia y de olorosas sábanas o sobre su sillón, adormecido, esperándola en la penumbra de la sala. Se sintió descansada, dormida en su sillón, rodeada por aquellos brazos fuertes, las piernas estiradas y los pies descalzos sobre la alfombra mullida. Se dejó mecer por el vaivén del sillón, una brisa suave le acariciaba la piel, estaba en casa, por fin.
Una voz la despertó, “destino”, gritaba el conductor mientras el guarda terminaba de amontonar la recaudación en una caja y se ponía el abrigo para bajar; se había dormido, no estaba en casa, aún seguía sobre el frío asiento del ómnibus, estaba cansada y tendría que caminar quince cuadras de regreso a su casa.