El fin en 4 segundos.

Se quitó el anillo con suavidad. Dos breves giros sobre el dedo y la redonda insignia de fidelidad hasta el fin de los días, abandonó la mano del hombre que con gesto despectivo la dejó caer sobre la mesa de la cocina.
Ni un grito, ni una palabra, sólo el frío silencio del abandono, la pesada presencia de dos maletas junto a la puerta y esa mirada vacía, apática, despojada de sentimientos.
Las sienes le latían con violencia y sus manos, aferradas al mantel que acaba de quitar de la mesa temblaron casi imperceptiblemente. Bajó la mirada para no dejarle ver las lágrimas que se agolpaban en las pupilas marrones, ya sin brillo y oscurecidas por los años de tristeza contenida.
Esos treinta y un años de servirle la cena a las diez en punto, de callar sus propios anhelos por velar los ajenos, de repasar muebles y sacar brillo a los bronces, haciendo lo único para lo que había sido educada, servir y acompañar.
Vio su delantal descolorido, con aquellas pequeñas manchas de lavandina, sus sandalias marrones despojadas de toda coquetería, sus tobillos hinchados por el calor y las horas de tarea doméstica, y un poco más allá la alianza que todavía giraba sobre la madera.
En esa danza macabra, junto al brillo dorado de ese trozo de metal que caía, cayeron uno a uno los pilares de la frágil estructura que fue su vida de casada, un espejismo que limpió y arreglo con esmero cada vez que salía el sol. No podría haber hecho otra cosa, ese había sido su sino, eso había hecho su madre y para eso la había elegido el apuesto joven que ahora, canoso y osco se iba sin un abrazo, sin un solo gesto de piedad, sin una palabra de cariño, sin reconocer un solo minuto de su entrega de madre y esposa.
La argolla tamborileaba cada vez más breve y veloz, el tiempo detenido se posaba en sus hombros curvos, en su moño entrecano, en sus brazos flácidos, en sus caderas anchas.
El abismo entre ella y ese hombre con el que había compartido cama, mesa y comida era infranqueable. Intentó encontrar las palabras que pudieran retenerlo, y no se le ocurrió ninguna, no sabía quién era aquel que la abandonaba a su suerte, no sabía qué decir a aquel que la había evitado durante tantos años, que había esquivado sus caricias furtivas, que había contestado con silencios a sus palabras de cariño, hasta que esas palabras desaparecieron de su vocabulario.
La bocina del taxi sonó dos veces y la volvió a la realidad, se quedó inmóvil, sin levantar la vista del anillo que igual que ella quedaba sin vida en medio de la cocina. Vio la espalda de ese que fue su hombre, de quien prometió cuidar de ella hasta el último de los días, lo vio entre la nube de sus ojos llorosos alejarse como un extraño, y llevarse con él su cuento de hadas marchito y arrugado, su juventud, su seguridad, su corazón destrozado.

4 segundos de ignorancia

La mano del padre la hizo a un lado rápidamente, justo en el momento en que la maestra le extendía la nota oficial, escrita con letras que ella no podía descifrar, pero que sabía bien que podían sacarla de aquella soledad, de aquel medio de la nada en que vivía.
La charla había sido breve y furtiva; aprovechando la ausencia del padre, la mujer de ojos grandes y bondadosos se lo había explicado con frases cortas y en un susurro confuso, que no comprendió totalmente pero que le hizo galopar el corazón como pocas veces en sus monótonos 9 años.
Retuvo alguna de las palabras, las unió mentalmente intentando dar sentido a las frases, repitió en secreto algunas de ellas, para hacerlas reales, para que repitiéndolas, se convirtieran en imágenes y no se esfumaran como los sueños al llegar la mañana. “Escuela”, “compañeros”, “obligatorio”, “derechos del niño”, “deberes de los padres”.
Sintió que los pies se elevaban del piso de tierra, seco y polvoriento, que las manos se desprendían de la escoba de palo y paja, que el pañuelo que ceñía su cabeza se soltaba y volaba por el cielo como una golondrina, elevado por la brisa tibia del fin del verano.
La mujer de manos suaves y morenas se había inclinado sobre ella para contarle esa historia que parecía una fábula y ella había percibido el olor a jabón, la mínima pelusa blanca en la mejilla redonda de esa cara de aceituna, el doblez impecable del cuello de la túnica blanca, el brillo de candilejas de unas perlas engarzadas en los lóbulos de las orejas.
La luz del sol que iba cayendo detrás de aquel hada que le hablaba al oído, dibujaba un halo a su alrededor y a la niña se le ocurrió que un ángel había venido a buscarla.
A ella, que toda su vida había transcurrido entre labores de cocina, el ordeñe de la madrugada, la siembra y la cosecha en la pequeña granja y el silencio de las siestas.
A ella, única espectadora de las miradas de temor de su madre, de la mano en alto de su padre.
Apenas pudo aspirar ese viento fresco que le llegaba desde un sitio que nunca había visto, pero que construyó en sus sueños de vigilia, producto de sus más íntimos anhelos, lugares llenos de sol y niños, ciudades imaginarias de calles amplias y gentes sonrientes.
El grito del padre que se acercaba a grandes zancadas la desplomó desde su nube de algodón, el hombre apareció en un vuelo enfurecido, su mano la empujó con brusquedad lejos del ángel de túnica blanca, el halo de luz se desvaneció en un instante y la cara de aceituna palideció, se endureció, se convirtió en acero frío.
Sitió su espalda golpeándose contra la pared despintada de la casa, sintió el pañuelo ceñido a su cabeza y el golpe de la escoba sobre su brazo menudo.
Oía los gritos de aquel vozarrón de ogro, las amenazas desmedidas saliendo de aquel corazón de piedra, el papel con letras indescifrables rompiéndose dentro del puño venoso.
El ángel de ojos bondadosos se alejaba entre el polvo levantado por el viento de aquel otoño temprano. El sol se ocultó tras el monte de eucaliptos, los trozos de papel volaron entre las hojas secas y la madre miraba inmóvil desde la oscuridad de la cocina.

4 segundos de duda

El dedo índice señaló el auto negro. Una indicación simple y cruel que la jovencita entendió perfectamente, y que le congeló la sangre.
Esperaba desde hace tiempo que su momento llegara, sabía que ese destino era inevitable y rezaba cada día para que no sucediera.
Las palabras escuchadas tantas veces retumbaban en sus oídos, “acá la comida no es gratis”, “en cuanto crezcas un poquito vos también vas a tener que ganarte la estadía”.
El brazo del hombre se elevó lenta pero enérgicamente mientras la miraba con una sonrisa socarrona, realizó un movimiento recto hacia la puerta abierta del coche que mantenía su motor en marcha y el dedo se extendió en la misma dirección.
Minutos antes, mientras negociaba los términos de la “venta” con el cliente, la miraba con insistencia, se reía ruidosamente, manejaba los silencios.
Ella supuso por su postura, que la estaba ofreciendo como mercadería de primera. Las manos en los bolsillos, el torso erguido, la cabeza algo ladeada. El muy maldito estaba feliz, y eso sólo podía significar que estaba realizando un muy buen negocio.
Mientras la miraba burlonamente ella sintió que la suerte estaba echada, sintió que sus quince años de vivir impunemente en aquella pensión de mala muerte, viendo las lágrimas de otras que, como ella, pagaban tarde o temprano la suerte de haber sido “adoptadas” por el benefactor, llegaban inevitablemente a su fin.
Tembló. Su cuerpo se tensó completamente y un calambre se apoderó de sus pantorrillas desnudas. Sus pies, atrapados en aquellos tacones de madama estaban clavados a las rotas baldosas y sus manos se cerraron dentro de los bolsillos de la apretadísima chaqueta brillante, que dejaba parte de su vientre plano al descubierto. Sus orejas adornadas con bisutería barata se enrojecieron por la ira y la impotencia.
Dos segundos de duda, miró la calle despoblada, la luz mortecina de un foco amarillento a pocos metros de allí, midió mentalmente la distancia que podría alcanzar si corriera con todas sus fuerzas, pensó en los altísimos tacos deteniendo su carrera, pensó en la destreza que había adquirido caminando durante años sobre ellos, se imaginó al benefactor corriendo tras ella, lento y gordo, avejentado por una vida de excesos, jadeante, persiguiendo sin éxito a una adolescente llena de energía, veloz y ágil.
Recordó la calle principal a sólo dos cuadras de allí, llena de gente, de ómnibus, de comercios abiertos en los que podría camuflarse.
Se llenó de valor mientras miraba hacia la esquina, pensando en una vida mejor, calculando que cualquier destino era preferible a aquel que ahora la acorralaba. Pensaba en la libertad mientras volvía la vista al hombre que la miraba con el dedo extendido.
Sus ojos chocaron con los del cretino, vio la certeza de su gesto, sintió su sentencia como un grillete en los tobillos, el pánico la invadió y mientras caminaba hacia el auto negro, dos lágrimas rodaron por sus mejillas maquilladas.

4 segundos de impunidad

La mano adornada con una gruesa alianza de oro le bloqueó el paso de su escritorio a la puerta de la pequeña oficina.
Tomó con suavidad pero a la vez con firmeza el hombro tenso, cubierto sólo por la fina camisa del uniforme y se abrió paso sin pedir permiso por entre los primero botones abrochados.
Un escalofrío de asco y sumisión recorrió el pequeño cuerpo desprovisto de curvas pronunciadas, le invadió el cerebro un zumbido sordo y su estómago se contrajo por el miedo y la impotencia.
La mano fortalecida por el poder que la subordinación le imbuía, tomo el pequeño pecho, lo abarcó completamente descorriendo la delicada puntilla del corpiño y acarició por un segundo toda su superficie.
Los teléfonos dejaron de sonar, la luz que entraba por las hendijas de la cortina metálica se oscureció de golpe y sólo pudo ver el brillo de aquel anillo de oro, tomando su dignidad, estrujando su orgullo, hiriendo su pureza.
El sudor masculino se pegó a su piel como una laca, dejando la huella exacta del recorrido de la mano por su pecho de veinteañera. El olor a tabaco y whisky le penetró los sentidos, bajó por su garganta y cayó como una maza en sus vísceras enredadas.
La mano soltó el pecho, lentamente, sin ganas de quitarse de allí. En su recorrido volvió el encaje a su lugar y prendió el botón superior de la camisa. Volvió a transitar el camino hacia el hombro con suavidad, se detuvo un momento y luego le dio un pequeño empujoncito hacia la puerta.
Los teléfonos volvieron a sonar, la luz fue encendiéndose lentamente y ella anduvo dos eternos metros hasta la salida de aquella cárcel de dolor.
Dos rocas de hielo sonaron contra el cristal del vaso y el sonido del whisky cayendo sobre ellos se fue diluyendo mientras la puerta se abría.
La mano con alianza de oro le hizo el gesto de brindar con el vaso en alto antes de que pudiera terminar de cerrar la puerta con suavidad.

4 segundos de cobardía

Recibió el golpe en medio del rostro. Justo entre la nariz y el ojo izquierdo, justo entre el orgullo y la cordura.
La mano enorme, morena, peluda, bajó desde el cenit dibujando en el aire una parábola oscura, que rozó primero la cortina de tul, derramó el jarrón de porcelana con jazmines blancos y fue a caer sobre la mejilla pálida, desprevenida.
El impacto duró una décima de segundo y de inmediato abrió una herida pequeña y redonda en la piel; la sangre se agolpó bajo el ojo y comenzó a circular en loca carrera por las finas venas. Bajó y subió de la boca a la frente por las arterias dilatadas de aquella cara de papel de arroz, aumentando la temperatura de toda la zona izquierda, adormeciendo los sentidos, tiñendo de rojo la tez de seda.
El párpado inferior se inflamó, ascendió por sobre las pestañas derramándose sobre la negra pupila, como queriendo impedir que la retina captara el horror y la cobardía que inundaban la habitación.
Un camaleón bajó por la nariz y se extendió a la mejilla, calentando el policromo pómulo primero rojo fuego, luego bordó, azul, negro.
Del hoyo abierto en la piel brotó un hilo de líquido brillante y tibio que acarició la inflamación y llegó a los labios, cubrió la comisura y tropezó con arrugas diminutas antes de bordear el mentón apoyado en la clavícula.
La gota roja se derramó sobre la traslúcida blusa abierta, circundó la curva del pecho y descendió viboreado entre las costillas hasta el vientre plano y vacío.
La cortina de tul volvió a su inmovilidad, los trozos de porcelana se detuvieron junto a las patas de los muebles, el hilo de sangre comenzó a secarse y cesó su marcha junto al ombligo.
La mano enorme, morena, peluda, tomó con suavidad el brazo menudo y cubrió los hombros, acariciando la mejilla herida.