4 segundos de ignorancia

La mano del padre la hizo a un lado rápidamente, justo en el momento en que la maestra le extendía la nota oficial, escrita con letras que ella no podía descifrar, pero que sabía bien que podían sacarla de aquella soledad, de aquel medio de la nada en que vivía.
La charla había sido breve y furtiva; aprovechando la ausencia del padre, la mujer de ojos grandes y bondadosos se lo había explicado con frases cortas y en un susurro confuso, que no comprendió totalmente pero que le hizo galopar el corazón como pocas veces en sus monótonos 9 años.
Retuvo alguna de las palabras, las unió mentalmente intentando dar sentido a las frases, repitió en secreto algunas de ellas, para hacerlas reales, para que repitiéndolas, se convirtieran en imágenes y no se esfumaran como los sueños al llegar la mañana. “Escuela”, “compañeros”, “obligatorio”, “derechos del niño”, “deberes de los padres”.
Sintió que los pies se elevaban del piso de tierra, seco y polvoriento, que las manos se desprendían de la escoba de palo y paja, que el pañuelo que ceñía su cabeza se soltaba y volaba por el cielo como una golondrina, elevado por la brisa tibia del fin del verano.
La mujer de manos suaves y morenas se había inclinado sobre ella para contarle esa historia que parecía una fábula y ella había percibido el olor a jabón, la mínima pelusa blanca en la mejilla redonda de esa cara de aceituna, el doblez impecable del cuello de la túnica blanca, el brillo de candilejas de unas perlas engarzadas en los lóbulos de las orejas.
La luz del sol que iba cayendo detrás de aquel hada que le hablaba al oído, dibujaba un halo a su alrededor y a la niña se le ocurrió que un ángel había venido a buscarla.
A ella, que toda su vida había transcurrido entre labores de cocina, el ordeñe de la madrugada, la siembra y la cosecha en la pequeña granja y el silencio de las siestas.
A ella, única espectadora de las miradas de temor de su madre, de la mano en alto de su padre.
Apenas pudo aspirar ese viento fresco que le llegaba desde un sitio que nunca había visto, pero que construyó en sus sueños de vigilia, producto de sus más íntimos anhelos, lugares llenos de sol y niños, ciudades imaginarias de calles amplias y gentes sonrientes.
El grito del padre que se acercaba a grandes zancadas la desplomó desde su nube de algodón, el hombre apareció en un vuelo enfurecido, su mano la empujó con brusquedad lejos del ángel de túnica blanca, el halo de luz se desvaneció en un instante y la cara de aceituna palideció, se endureció, se convirtió en acero frío.
Sitió su espalda golpeándose contra la pared despintada de la casa, sintió el pañuelo ceñido a su cabeza y el golpe de la escoba sobre su brazo menudo.
Oía los gritos de aquel vozarrón de ogro, las amenazas desmedidas saliendo de aquel corazón de piedra, el papel con letras indescifrables rompiéndose dentro del puño venoso.
El ángel de ojos bondadosos se alejaba entre el polvo levantado por el viento de aquel otoño temprano. El sol se ocultó tras el monte de eucaliptos, los trozos de papel volaron entre las hojas secas y la madre miraba inmóvil desde la oscuridad de la cocina.