El dedo índice señaló el auto negro. Una indicación simple y cruel que la jovencita entendió perfectamente, y que le congeló la sangre.
Esperaba desde hace tiempo que su momento llegara, sabía que ese destino era inevitable y rezaba cada día para que no sucediera.
Las palabras escuchadas tantas veces retumbaban en sus oídos, “acá la comida no es gratis”, “en cuanto crezcas un poquito vos también vas a tener que ganarte la estadía”.
El brazo del hombre se elevó lenta pero enérgicamente mientras la miraba con una sonrisa socarrona, realizó un movimiento recto hacia la puerta abierta del coche que mantenía su motor en marcha y el dedo se extendió en la misma dirección.
Minutos antes, mientras negociaba los términos de la “venta” con el cliente, la miraba con insistencia, se reía ruidosamente, manejaba los silencios.
Ella supuso por su postura, que la estaba ofreciendo como mercadería de primera. Las manos en los bolsillos, el torso erguido, la cabeza algo ladeada. El muy maldito estaba feliz, y eso sólo podía significar que estaba realizando un muy buen negocio.
Mientras la miraba burlonamente ella sintió que la suerte estaba echada, sintió que sus quince años de vivir impunemente en aquella pensión de mala muerte, viendo las lágrimas de otras que, como ella, pagaban tarde o temprano la suerte de haber sido “adoptadas” por el benefactor, llegaban inevitablemente a su fin.
Tembló. Su cuerpo se tensó completamente y un calambre se apoderó de sus pantorrillas desnudas. Sus pies, atrapados en aquellos tacones de madama estaban clavados a las rotas baldosas y sus manos se cerraron dentro de los bolsillos de la apretadísima chaqueta brillante, que dejaba parte de su vientre plano al descubierto. Sus orejas adornadas con bisutería barata se enrojecieron por la ira y la impotencia.
Dos segundos de duda, miró la calle despoblada, la luz mortecina de un foco amarillento a pocos metros de allí, midió mentalmente la distancia que podría alcanzar si corriera con todas sus fuerzas, pensó en los altísimos tacos deteniendo su carrera, pensó en la destreza que había adquirido caminando durante años sobre ellos, se imaginó al benefactor corriendo tras ella, lento y gordo, avejentado por una vida de excesos, jadeante, persiguiendo sin éxito a una adolescente llena de energía, veloz y ágil.
Recordó la calle principal a sólo dos cuadras de allí, llena de gente, de ómnibus, de comercios abiertos en los que podría camuflarse.
Se llenó de valor mientras miraba hacia la esquina, pensando en una vida mejor, calculando que cualquier destino era preferible a aquel que ahora la acorralaba. Pensaba en la libertad mientras volvía la vista al hombre que la miraba con el dedo extendido.
Sus ojos chocaron con los del cretino, vio la certeza de su gesto, sintió su sentencia como un grillete en los tobillos, el pánico la invadió y mientras caminaba hacia el auto negro, dos lágrimas rodaron por sus mejillas maquilladas.