4 segundos de impunidad

La mano adornada con una gruesa alianza de oro le bloqueó el paso de su escritorio a la puerta de la pequeña oficina.
Tomó con suavidad pero a la vez con firmeza el hombro tenso, cubierto sólo por la fina camisa del uniforme y se abrió paso sin pedir permiso por entre los primero botones abrochados.
Un escalofrío de asco y sumisión recorrió el pequeño cuerpo desprovisto de curvas pronunciadas, le invadió el cerebro un zumbido sordo y su estómago se contrajo por el miedo y la impotencia.
La mano fortalecida por el poder que la subordinación le imbuía, tomo el pequeño pecho, lo abarcó completamente descorriendo la delicada puntilla del corpiño y acarició por un segundo toda su superficie.
Los teléfonos dejaron de sonar, la luz que entraba por las hendijas de la cortina metálica se oscureció de golpe y sólo pudo ver el brillo de aquel anillo de oro, tomando su dignidad, estrujando su orgullo, hiriendo su pureza.
El sudor masculino se pegó a su piel como una laca, dejando la huella exacta del recorrido de la mano por su pecho de veinteañera. El olor a tabaco y whisky le penetró los sentidos, bajó por su garganta y cayó como una maza en sus vísceras enredadas.
La mano soltó el pecho, lentamente, sin ganas de quitarse de allí. En su recorrido volvió el encaje a su lugar y prendió el botón superior de la camisa. Volvió a transitar el camino hacia el hombro con suavidad, se detuvo un momento y luego le dio un pequeño empujoncito hacia la puerta.
Los teléfonos volvieron a sonar, la luz fue encendiéndose lentamente y ella anduvo dos eternos metros hasta la salida de aquella cárcel de dolor.
Dos rocas de hielo sonaron contra el cristal del vaso y el sonido del whisky cayendo sobre ellos se fue diluyendo mientras la puerta se abría.
La mano con alianza de oro le hizo el gesto de brindar con el vaso en alto antes de que pudiera terminar de cerrar la puerta con suavidad.