Recibió el golpe en medio del rostro. Justo entre la nariz y el ojo izquierdo, justo entre el orgullo y la cordura.
La mano enorme, morena, peluda, bajó desde el cenit dibujando en el aire una parábola oscura, que rozó primero la cortina de tul, derramó el jarrón de porcelana con jazmines blancos y fue a caer sobre la mejilla pálida, desprevenida.
El impacto duró una décima de segundo y de inmediato abrió una herida pequeña y redonda en la piel; la sangre se agolpó bajo el ojo y comenzó a circular en loca carrera por las finas venas. Bajó y subió de la boca a la frente por las arterias dilatadas de aquella cara de papel de arroz, aumentando la temperatura de toda la zona izquierda, adormeciendo los sentidos, tiñendo de rojo la tez de seda.
El párpado inferior se inflamó, ascendió por sobre las pestañas derramándose sobre la negra pupila, como queriendo impedir que la retina captara el horror y la cobardía que inundaban la habitación.
Un camaleón bajó por la nariz y se extendió a la mejilla, calentando el policromo pómulo primero rojo fuego, luego bordó, azul, negro.
Del hoyo abierto en la piel brotó un hilo de líquido brillante y tibio que acarició la inflamación y llegó a los labios, cubrió la comisura y tropezó con arrugas diminutas antes de bordear el mentón apoyado en la clavícula.
La gota roja se derramó sobre la traslúcida blusa abierta, circundó la curva del pecho y descendió viboreado entre las costillas hasta el vientre plano y vacío.
La cortina de tul volvió a su inmovilidad, los trozos de porcelana se detuvieron junto a las patas de los muebles, el hilo de sangre comenzó a secarse y cesó su marcha junto al ombligo.
La mano enorme, morena, peluda, tomó con suavidad el brazo menudo y cubrió los hombros, acariciando la mejilla herida.