La decisión.
Casi lo pierde, si no hubiera sido por que el semáforo cambió en ese momento la luz verde por la roja, seguro lo pierde.
Estaba tan distraída que ni sabía dónde tenía la boletera. Subió apurada, se tropezó con el último escalón; faltó poco para que cayera sobre el chofer, que venía tan distraído como ella y ni cuenta se dio del tropezón. Se sentó en el “asiento de los bobos” - ¿por qué le llamarían de los bobos? – ése que está junto a la puerta, mirando hacia el lado derecho del ómnibus, junto al guarda, y se puso a buscar la bendita boletera en los innumerables bolsillos de su mochila, su pantalón “cazador”, su campera “aviadora” y su riñonera. Al fin la encontró tirada en el fondo de la mochila, escondida entre las hojas del cuaderno de historia y se la extendió al guarda, que ya comenzaba a impacientarse por la infructífera búsqueda.
Le sonrió temerosa, como pidiendo perdón por la demora, o por haber ocupado el asiento maternal, o por existir. Él ya no la miraba y ocupaba su atención contando por enésima vez los billetes de un abultado fajo que guardaba en el bolsillo de la camisa gris del uniforme.
Ella se levantó para cambiarse de asiento; si permanecía allí probablemente subiría una mujer embarazada, un ciego o una viejita con bastón, y tendría que dejar el asiento, con el riesgo de que llegado ese momento, el ómnibus ya estuviera lleno.
Cuando caminaba buscando un siento disponible, el conductor frenó intempestivamente y ella fue a parar de un sólo paso al fondo del vehículo, que retomaba la marcha y la hacía tambalear sin piedad. Se sentó. El hombre que estaba a su lado, levantó por un segundo la vista de su libro y la miró de reojo sin demasiado interés.
Pasados unos minutos y una vez que se hubo acomodado con todo aquel cargamento que llevaba, se dispuso a mirar hacia la calle, que se agitaba con el ir y venir de la gente, a aquella hora en que las oficinas y comercios cierran sus puertas y los empleados emprenden el regreso a sus hogares, apurados por llegar antes que la noche caiga totalmente sobre la ciudad.
En unas cuadras pasarían frente al liceo, ojalá no subiera ninguno de sus compañeros y tuviera que explicar por qué aquel día había faltado a las últimas dos materias. Más tarde llamaría a Eugenia, su mejor amiga, pero ahora no era capaz de entablar una conversación coherente con nadie. Faltaban dos cuadras, por el parabrisas del ómnibus pudo ver la parada llena de estudiantes, pero era difícil que hubiera alguno de su clase, quedaban aún quince minutos para que terminara el escrito de filosofía, y nadie termina un escrito de filosofía antes de tiempo. Bueno, ella sí lo termina, pero hoy no se presentó a la prueba. Iba a tener que hacerle un buen cuento a la profesora, al menos el médico se había apiadado de su desesperado pedido y le había extendido de mala gana un certificado por enfermedad para que lo presentara la próxima clase.
Pasaron la parada del liceo y nadie conocido subió al ómnibus, fue un verdadero alivio. Suponía que lo que le pasaba debía leerse en su rostro como si de un letrero luminoso se tratara, imaginaba que todo aquel que la mirara, podría adivinar aquel secreto que llevaba en su mente y en su vientre.
Había sido un error terrible salir a bailar con aquel chico de la moto. Debió haber supuesto que teniendo cinco años más que ella, no iba a conformarse con unos célibes besos en la puerta de su casa como despedida. Ella en realidad no se acordaba muy bien de cómo se habían sucedido los acontecimientos, pero recordaba difusamente el cuarto del motel donde habían ido a parar, luego de varios intentos fallidos en el paredón trasero del boliche donde habían estado bailando y tomando. En realidad, no estaba segura si habían estado bailando, pero sí habían estado tomando; aquellos tragos de nombres sugestivos se bebían con facilidad y rapidez, pero hacían estragos en la cabeza de una adolescente poco habituada al alcohol, sobre todo al día siguiente, cuando no había analgésico que calmara la jaqueca. Por suerte no lo habían hecho en el paredón, ella no era muy avezada en aquellas artes y no se explicaba cómo algunas podían soportar los calambres en las piernas, cuando lo hacían paradas contra una pared. Además alguien podría haberlos visto, pese a la oscuridad del callejón y eso hubiera sido realmente humillante.
Ahora que lo pensaba, todo debió haber ocurrido con bastante rapidez, porque aún era de noche cuando regresó a su casa.
Fue una mala idea haberse sentado en el fondo, el ruido del motor que rugía bajo su asiento le estaba taladrando los oídos, y los saltos que daba el viejo ómnibus, se sentían con mayor intensidad allí.
La luz estaba apagada en la casa del chico de la moto, probablemente no hubiera llegado aún del taller mecánico donde trabajaba. Era una lástima que el ómnibus pasara justo frente al edificio donde él vivía, porque de esa forma nunca iba a conseguir olvidarlo. De todas formas iba a ser difícil que lo olvidara, con aquel regalito que le había hecho en la habitación del motel.
Nunca pensó que pudiera pasarle a ella, siempre le habían dicho que en la primera vez, nunca se queda embarazada. Bueno, en realidad no se hubiera cuidado aunque no hubiese sido la primera vez, apenas podía recordar lo ocurrido, probablemente él no habría llevado “forros” y ella nunca se hubiera animado a pedirle que se pusiera uno; si lo hacía capaz que arruinaba tantos meses tratando de salir con él, probablemente no la habría invitado nunca más a bailar, o a dar un paseo en la moto por la rambla. No le valió de nada, porque al otro día él ya se había reconciliado con su antigua novia y a ella no volvió a mirarla. ¿Qué le vería a esa mujerona? Tenía un buen físico, pero no era como para tenerlo así de agarrado, además sus compañeras siempre le decían que los hombres prefieren carne más tierna, y seguramente aquella mujer debía llevarle unos cuanto años a él, por lo menos tres.
Llegaron a la parada de la fábrica, siempre se llenaba de gente a esa hora, iban a estar como cinco minutos para volver a la marcha mientras subían todos, y encima ella sentada en el último asiento, todos se apretaban en el fondo del ómnibus y no se podía ni respirar, mejor abría la ventanilla ahora, para que nadie se fuera a ofender.
Ojalá su madre no hubiera llegado a la casa aún, probablemente demoraría una hora más en llegar, últimamente el jefe la tenía bastante ocupada y no volvía antes de las ocho y media de la noche. ¿Andaría con el jefe? No era raro, él tendría más o menos la misma edad que su madre y por lo que sabía, hacía tiempo que andaba mal con la mujer. Tenía suerte su madre, se veía que el hombre tenía plata, y para ser un veterano, no estaba mal. Ojalá esta vez no se le fuera de las manos, como se le había ido a ella el chico de la moto.
Aquel semáforo era eterno, no podía entender cómo un semáforo podía demorar tanto en cambiar de luz, después de todo no era un cruce tan transitado. No importaba mucho de todos modos, ya faltaba poco para que llegara a la parada donde tenía que bajarse y aún era temprano.
El médico no le había dejado ninguna duda, estaba embarazada de cinco semanas. Le hizo un montón de recomendaciones que no pudo retener, por suerte le escribió todo en un papelito.
Algo se le iba a ocurrir, la hija del dueño de la frutería le había hablado de un lugar donde le podían arreglar todo el pastel sin mucho trámite, si el resultado era positivo. Sí, mañana mismo hablaba con la muchacha y averiguaba bien cómo era la cosa. La plata se la iba a tener que dar ese desgraciado de la moto, si no, le hacía un buen escándalo frente a la novia y ya se iba a enterar él lo que era meterse con ella. Como último recurso podía vender las dos cadenitas de oro y la bicicleta que le habían regalado en su cumpleaños de quince. La bici estaba nueva, la había usado sólo dos veces desde que se la regalaron.
Se levantó apurada, casi se pasa de la parada, apretó el botón para avisar que bajaba, la puerta se abrió y mientras bajaba pensaba en la fiesta de cumpleaños de Eugenia, faltaba sólo quince días y ella no había decidido qué vestido ponerse, algo se le iba a ocurrir.