Cuento II. Libro "Destino". Título "Por Accidente"

Por accidente.

El hombre del traje oscuro sacó un billete de doscientos pesos y se lo extendió al conductor, que lo apuñaló con la mirada. ¿A quién se le ocurría pagarle el boleto con un billete de doscientos pesos a él?, que encima tenía que manejar y cobrar. Le tiró el cambio de mala manera, para que se diera cuenta de lo que había hecho. El otro no acusó recibo del gesto hostil y se sentó con cuidado en el segundo asiento de la fila de butacas individuales que está detrás del conductor. En los asientos dobles se te puede sentar cualquiera al lado y era un largo viaje desde el centro hasta el barrio residencial donde vivía.
Iba a matar a su hijo cuando llegara a casa, el arreglo del auto le había salido una fortuna y encima en el taller no se lo habían terminado a tiempo. La próxima vez que le pidiera el auto no se lo prestaba, ni aunque prometiera hacerle los trámites de la empresa durante un mes entero. No se lo prestaba. Aunque pensándolo bien iba a tener que darle plata para que se tomara un taxi, o en su defecto iba a tener que levantarse a cualquier hora de la madrugada para ir a buscarlo a algún boliche. El chico no manejaba mal, había sido una fatalidad, mejor le pegaba un buen reto para que la próxima vez anduviera con más cuidado y todos en paz.
El tipo de la guitarra se acomodó junto a su asiento y empezó a cantar una canción de protesta revolucionaria. La guitarra le pegaba en el hombro cuando el ómnibus aceleraba y disminuía la velocidad, es una vergüenza que dejen subir a esos muertos de hambre a molestar a los pasajeros. Mañana mismo llamaría a aquel amigo influyente que trabaja en el municipio y le pediría que hiciera algo al respecto.
La canción le sonó conocida y prestó atención. Sí, él mismo la había entonado en algún campamento junto a un fogón, cuando era joven y todavía creía en las utopías. Unos muchachitos aplaudieron al cantante, ya se van a enterar ellos que la lucha es un sueño, a él también le habían vendido ese cuento cuando todavía no conocía el modo en que funciona el mundo; ahora sabe bien cómo son las cosas, tanto vendes, tanto vales. Que sueñen mientras puedan.
Fijó la mirada en la ventanilla para no ver al hombre que le extendía la mano, pidiéndole “una colaboración para un obrero de la música”. ¡Que vaya a trabajar!
Ese auto que pasaba junto al ómnibus era el de su cuñado. ¿Cómo no se le ocurrió llamarlo para que lo llevara a su casa? Sacó el teléfono celular de su bolsillo y marcó el número. La contestadora lo atendió sugiriéndole que dejara un mensaje, cortó y guardó el teléfono. Mejor, así tenía tiempo de pensar en lo que iba a decirle a su hijo cuando llegara a casa, no quería sobrepasarse con el pobre chico, después de todo nunca había chocado antes y ya hacía un año que manejaba.
La joven subió con paso decidido, se oyeron unos silbidos en el fondo del ómnibus. Seguramente era estudiante, porque subió en la parada de la Facultad de Derecho. El hombre lamentó no haberse sentado en un asiento doble, seguramente ella se hubiera sentado a su lado. Era un lindo ejemplar, muy parecida a su secretaria. Ya la convencería a su secretaria, se estaba haciendo la difícil para no parecer una cualquiera, pero con algún regalito y un ramo de flores, la tendría en sus manos. Pero tenía que andar con cuidado, porque además de linda, era muy buena en el trabajo, no podía darse el lujo de perder una secretaria bilingüe justo ahora, que venían los americanos a firmar el contrato.
Ese chico haciendo malabares entre los autos es un peligro, son unos niños y están todo el día tirando manzanas al aire, mientras esquivan los vehículos que pasan a su lado. Cualquier día atropellaría a uno y los trámites con la policía le iban a llevar un día entero. También hablaría de eso con su amigo, mañana cuando lo llamara.
La cena debe estar pronta y él todavía a mitad de camino; no llamó a su mujer para avisarle que iría en ómnibus hasta su casa y en este momento ella debía estar imaginándose cualquier cosa. Volvió a sacar su teléfono celular, marcó el número de su casa y cortó al escuchar el tono de ocupado.
Las mujeres son tan desconfiadas, sobre todo la suya, siempre preguntándole los pormenores de sus reuniones de negocios, siempre llamando a las mujeres de sus amigos para saber si él estaba con ellos, siempre desconfiando de sus salidas de los jueves. Él se reunía con sus amigos todos los jueves, desde hacía más de quince años y ella todavía seguía haciéndole las mismas preguntas cada vez que llegaba. Debía ser porque tenía demasiado tiempo para estar imaginándose cosas, siempre en su casa, con los chicos, eso no era bueno para una mujer que aún era joven y dinámica. Tenía que preguntarle a su socio por ese “garden club” donde iba su mujer, a ella le haría bien distraer la mente un poco.
El ómnibus había quedado casi vacío, sólo él y otro hombre vestido de mameluco permanecían aún en él. Pensó en levantarse una parada antes de bajarse para despistarlo, no le gustaba nada la cara de aquel tipo, podía ser un chorro de ocasión, de esos que aprovechan las oportunidades como aquellas para darte un palo y sacarte lo que llevas.
Se paró y se colocó junto a la puerta delantera. El conductor lo miró con desprecio, estos pitucos te pagan con un billete de doscientos y tan tranquilos. El otro hombre también se paró y fue a ubicarse junto a la puerta trasera. El ómnibus se detuvo y se abrieron las dos puertas. El hombre del mameluco bajó. El de traje miró al conductor y le dijo que bajaba en la próxima. El conductor volvió a apuñalarlo con la mirada y aceleró con violencia. En la siguiente parada abrió las puertas sin acercar el vehículo a la vereda, ni detener totalmente la marcha. Mientras bajaba, el hombre del traje oscuro pensó que también hablaría de esto con su amigo, cuando lo llamara mañana.