La salida.
“Dos”, dijo el hombre sacando la billetera del bolsillo de atrás del pantalón. La mujer que subió con él siguió hacia el fondo buscando un par de asientos libres. Él la miró mientras esperaba el vuelto, ella le sonrió algo intimidada. Por fin había accedido a salir con él después de varias invitaciones, sólo con la condición de que nadie se enterara en la oficina. No era bueno que los demás supieran que ellos salían juntos, más aún siendo él el jefe de sección.
Ella pensó que era raro que él fuera soltero, era buen mozo y tenía un buen trabajo. Quizá alguna novia lo habría dejado después de muchos años de noviazgo y él no se habría repuesto aún de la desilusión.
Se sentó junto a ella y le hizo un comentario trivial sobre el buen tiempo que hacía. Ella contestó con una frase hecha sobre el mismo tema y quedaron en silencio.
Él la miró de reojo, para que ella no viera que la estaba observando; era aún más linda vestida en forma casual, los pantalones finos marcaban unas bien formadas piernas y la camisa naranja resaltaba su bronceado. Aquellos uniformes azules de la oficina, realmente no favorecían a las mujeres.
La mujer que estaba sentada delante de ellos giró la cabeza y les preguntó sobre la ubicación de una calle. Él se apresuró a contestarle con todo detalle dónde debía bajarse y hacia donde debía caminar. Ella pensó que él realmente era un buen partido, era raro que aún no se hubiera casado siendo un hombre tan educado.
Hablaban con frases cortas, buscando un tema de conversación, pero indefectiblemente caían en temas de trabajo y eso les incomodaba a los dos. No querían recordar que se conocían hacía más de dos años y que sólo habían hablado de conciliaciones bancarias y estados de cuenta. Volvieron a quedar en silencio, ella distraía el pensamiento mirando las personas que caminaban por las veredas del centro, él aprovechaba para mirarla de reojo. Le quedaba lindo el pelo suelto y el maquillaje, era una lástima que hubiera tenido que vender el auto para pagar el adelanto del apartamento, ahora tenía casa propia, pero no tenía el auto para salir con ella. Ya iba a juntar lo suficiente como para comprarse otro, en un año podría alcanzar a hacer una entrega importante y después pagaba el resto en cuotas. A ella le iba a gustar salir en auto.
Un niño le dejó una estampita sobre la falda y gritaba desde el fondo “con cualquier monedita están ayudando...”, “es para la leche y el pan...”, sacó unas cuantas monedas y las puso en las manitos sucias de chiquito.
Ella le sonrió y comenzó a hablarle sobre la tristeza que le deban los niños de la calle, de todo lo que sufrían los pobrecitos, que tan chiquitos y pidiendo en los ómnibus. Él la miraba con interés, aprobando todos sus comentarios, pero en realidad pensaba en lo bien que le quedaba el pelo suelto. Volvieron a quedar en silencio. Ella imaginó la cara de sus compañeras cuando se enteraran que había salido con él, pero recordó que había sido ella misma la que había puesto como condición que nadie lo supiera en la oficina. Era una lástima, porque a la de contaduría ya la había visto revoloteando alrededor de él más de una vez, se habría desmayado con la noticia, ella que siempre andaba provocando a todos con aquellas minifaldas.
No estaba seguro del lugar donde iban a cenar, un amigo se lo había recomendado, también podrían quedarse a bailar allí. Esperaba que a ella le gustara, él no estaba acostumbrado a salir y ella era un poco menor que él. Quizá pensaba que él era un anticuado por llevarla a aquel lugar, aunque su amigo le aseguró que a ella le iba a encantar.
Ella pasó la mano por su pelo y se detuvo desenredando un mechón, aquel gesto les gustaba a los hombres, siempre que salía y un tipo interesante se fijaba en ella, se ponía a juguetear con el pelo, no fallaba, el tipo siempre se acercaba con la excusa de comentarle lo lindo que le quedaba el pelo suelto. Ojalá no se encontrara con ninguno de esos “amigos” en el lugar donde iban a cenar, siempre era bueno tener compañía disponible, en caso de que esto no funcionara.
Él pensaba que aquel gesto la hacía más interesante, la miraba pasándose los dedos por el pelo y la encontraba la mujer más linda con la que hubiera salido. Le dijo que el pelo suelto le quedaba bien y ella sonrió pensando que aquel gesto nunca fallaba.
“Un pasito para atrás, que hay lugar, sobre la derecha, pasando...” gritaba el guarda. El ómnibus estaba lleno, los sábados de noche siempre se llenan. Él volvió a lamentar no haber tenido el auto. Ella pensó que probablemente se encontraran con alguna de las chicas de la oficina. Las solteras solían salir juntas los sábados de noche. La cara que iban a poner cuando se enteraran. Después de todo, era mejor si los veían, así ella se ahorraba tener que contárselos después de haberle pedido a él que no dijera nada. La de contaduría seguro se desmayaba.
La señora que estaba sentada delante de ellos se bajó y en su lugar se sentó un joven, cuya novia iba ya sentada en el asiento contiguo. Se abrazaron y besaron largamente, como si hubieran estado separados durante años.
Él se sintió un poco incomodo con el espectáculo, no quería mirarla para que ella no adivinara su turbación. Quitó una mancha inexistente de su pantalón para bajar la mirada con un pretexto y le hizo un comentario sobre lo largo que se estaba haciendo el viaje. Ella veía a la pareja de enamorados y pensaba que la próxima vez que viajaran en ómnibus, quizá fueran ellos los que avergonzaran a los demás con sus demostraciones de amor. Aunque era poco probable que él demostrara tal apasionamiento, siendo tan correcto. A ella le gustaban los hombres apasionados, pero él era un buen partido, no importaba tanto que fuera un poco conservador, además, si aquello no funcionaba, siempre podría recurrir a su agenda para salir con alguno de los tipos que había conocido en otras salidas.
Era mejor que se enteraran en la oficina, porque lo iba a obligar a formalizar con ella. Una vez que los demás lo supieran, ya no iba a ser una escapada de fin de semana y además, la amenaza de que la de contaduría pudiera pescarlo, iba a desaparecer. No se lo imaginaba con la de contaduría, ella sí que era apasionada.
Llegaban a la parada donde debían bajarse. Él se paró e hizo sitio entre la gente que se apretujaba, para que ella pasara delante, tocó el timbre para avisar al guarda que bajaban en la próxima, el ómnibus se detuvo y se abrieron las puertas. Él bajó primero y le extendió la mano para ayudarla a bajar, luego temió que ella lo encontrara muy anticuado por semejante galantería. Ella pensó que era raro que un hombre tan gentil, no se hubiera casado aún.