Los pequeños rituales perdidos.


Cuando yo era niña, el 2 de noviembre estaba cargado de pequeños rituales.  Vivíamos en el pueblo, cerca del parque y por aquellos tiempos este era un día verdaderamente caluroso.
Acá en la capital el significado de la palabra calor está algo devaluado; "calor hace en Flores, donde no hay un charco para revolcarse" decía un amigo mío. Y tenía razón, ¡calores eran los de Flores!
Por esos tiempos la pequeña comunidad marcaba muchos de los códigos de conducta colectiva e individual, y todos los acatábamos sin mayores cuestionamientos. Si, ya sé, unos cuantos estarán pensando que quien escribe estas líneas cuestionó y rompió los códigos hasta el hartazgo... "touchè", pero los rituales del 2 de noviembre los cumplía con prolija sumisión, de principio a fin.
Nos levantábamos no muy temprano, afortunadamente el gusto por dormir hasta tarde era compartido en mi familia.  Se desayunaba sin apuros, se abrían las puertas y ventanas para que entrara el sol y la brisa (si teníamos la suerte de tenerla) y todo se inundaba de olor a césped y flores del "Árbol de Nieve".  Hace poco tiempo volví a ver uno de estos árboles, no tengo la menor idea de su nombre verdadero, porque para nosotros siempre fue "La Nieve", un arbusto retacón que en primavera se cubre totalmente de unas flores blancas diminutas como copos de nieve.  Créanme, nada más absurdo en los calurosos noviembres de mi pueblo, que un árbol cubierto de nieve.
Poco antes del mediodía comenzaba "el apronte" para ir al cementerio, salíamos al jardín, que por cierto en esa época tenía una variedad interesante de flores, y recogíamos todas las flores de los cartuchos que crecían salvajes contra el muro de la casa vecina.  Luego aprendí que aquellas flores silvestres, que para mi eran una expresión muy rudimentaria de la madre naturaleza, en otros círculos eran muy preciadas y las llamaban "calas".  Debo confesar que la primera vez que vi la fotografía de una novia con un ramo de "cartuchos" en las manos, me reí bastante.
El asunto es que juntábamos un par de docenas de aquellas flores enormes, con forma de campana blanca, tallo largo y grueso y un gran pistilo amarillo en el centro que desprendía su polen al menor contacto.
Salíamos los cuatro en pequeña procesión y la perra adelante nuestro correteando cuanto gato o bicicleta se le pusiera delante (aprovecho este medio para disculparme por eso ante aquellos que lo hayan sufrido en carne propia).
Las cuadras que distaban del parque eran cuatro o cinco, pero para mi eran kilómetros de caminata bajo el sol, con calor y rumbo a un destino infame.
Una vez llegados al parque la cosa era menos tortuosa, ya que tomábamos por la calle lateral rodeada de árboles, sombreada y perfumada, como un túnel natural que desembocaba en el cementerio.
Ahora hay un hermoso lago con puentes de madera en ese camino, pero entonces era un camino seco, bordeado de campo a un lado y parque al otro.  Pasábamos por la chacra de Teresita, que seguramente nos saludaba desde el tambo, mirábamos con secreto deseo la pista de patinaje que estaba al centro del parque y finalmente pasábamos junto al estadio que marcaba la cercanía del destino.  El olor a eucaliptos lo impregnaba todo y rodaban bajo los pies los pequeños “coquitos” de cientos de árboles, que mi hermana y yo insistíamos en juntar para tirarlos seguramente cuando nos cansáramos de cargarlos.
Llegados al cementerio el recorrido era siempre el mismo, entrábamos por la puerta principal, recorríamos casi hasta el final el camino entre los panteones señoriales y desembocábamos en el que está enterrada mi abuela materna, “mamina” Aurora, un panteón de mármol rosado, con una gran losa superior, pedestal y barandas de bronce a los costados.  Lo adornaban varias lápidas o placas de los antepasados muertos, que en una familia como la de mi madre, con intrincados matrimonios consanguíneos y prolífera descendencia compuesta por siete o nueve hijos por cabeza, nunca supe bien de quiénes se trataba.
Si todo estaba limpio, arreglado y había flores en los jarrones, era porque ya habían estado allí mis tíos, así que el itinerario se hacía breve.  De otra forma nos pasábamos casi una hora limpiando las hojas del mármol, cambiando  el agua  de los jarrones, acomodando la mitad de las flores que llevábamos y también, por qué negarlo, trepando a lo alto del panteón para saltar en caída libre a la tierra, una y otra vez.
Terminada la labor en esta parcela, nos íbamos a los nichos de más atrás, una especie de paredón lleno de pequeñas puertas, con chapas de bronce e innumerables nombres uno al lado del otro.  En uno de esos nichos estaba mi abuelo Tomás, el zapatero. Aquí el trabajo era más sencillo y no había donde treparse, así que cambiábamos el agua de los jarrones y colocábamos la otra mitad de la flores que llevábamos. Además, mi abuela no hubiera llegado nunca tarde un 2 de noviembre al cementerio, por lo que la tarea de recolección de hojas, limpieza de la placa y demás obligaciones, estaba cumplida desde temprano.
No tengo idea de lo que este ritual significaba para mis padres, la visita anual a la tumba de sus padres, la contemplación de un nombre grabado en un metal, la visión del cemento bajo el calor agobiante de un noviembre cualquiera en el interior.  Para mi era un ancla a las raíces, una sucesión de rutinas repetidas en familia, que se llenan de sentido por el solo hecho de compartirlas con quienes forman el pequeño clan.
Hoy, si me preguntan qué extraño de mi pueblo, seguramente recuerde con nostalgia el ritual del 2 de noviembre, que tan odioso me resultaba siendo niña, pero que colaboraba con la certeza de saber quién era y a dónde pertenecía.