
Hace 9 años, yo tenía 24 y sabía muy pocas cosas. Y no es que ahora sepa muchas, pero entonces conservaba casi intacta gran parte de mi inocencia pueblerina pese a haber vivido 6 años en la capital, tener un título universitario y varias andanzas ciudadanas en mi haber.
Emprendía mi primer viaje fuera de fronteras, en mi primer puesto de gerente de marketing de una empresa internacional. Volaba por primera vez con destino a Quito, Ecuador, dejando en Montevideo a mi niña de 15 meses, por lo que seguramente la ansiedad y la incertidumbre se leían en mi cara con letras mayúsculas.
Cuando llegué a mi asiento en el avión, un señor de estatura mediana y cara de abuelo amable me sonrió, saludó gentilmente y se ofreció a dejarme el asiento de la ventanilla, pues él "ya había visto todo lo que había por ver en aquel vuelo". Era el señor Héctor Gros Espiell, con quien viajé a Buenos Aires, luego a Santiago de Chile, luego a Bogotá y luego a Quito, en el recorrido con más escalas que pudo conseguirnos la agencia de viaje de turno.
Este
señor, de una calidez y sabiduría asombrosas, había sido Doctor en
Derecho, profesor de Derecho Constitucional, emérito de la Facultad de
Derecho de la Universidad de la República, de Derecho Internacional,
distinguido de la Universidad Nacional Autónoma de México, Honoris Causa
de la Universidad de Concepción de Chile y en dos ocasiones de la
Academia de Derecho Internacional de la Haya, Director Ejecutivo del
Instituto Interamericano de Derechos Humanos en Costa Rica, Juez y
Presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y miembro en
representación del Uruguay de: la Comisión de Derechos Humanos de las
Naciones Unidas, de la entonces Sub Comisión de Protección de Minorías y
Prevención de Discriminaciones, Sub Secretario General de las Naciones
Unidas y representante Especial del Secretario General para el Asunto
del Sahara Occidental y Ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay, y
viajaba junto a mi en un vuelo comercial sin utilizar sus beneficios
diplomáticos, ya que consideraba falto de ética hacer pagar al pueblo
uruguayo un viaje que él realizaba en forma particular, contratado por
una institución educativa ecuatoriana para dar un seminario sobre
derecho internacional.
La
conversación se inició en Montevideo, mientras el avión levantaba
vuelo, continuó en la camioneta que nos llevaba al hotel en Buenos
Aires, luego en el salón comedor a la hora de la cena y finalizó esa
noche después de un rico café. Al día siguiente entré al comedor a
desayunar y me saludó con la mano desde detrás del diario que ya estaba
terminando de leer. En 15 minutos me hizo un resumen de las noticias
internacionales del día, con la coloquialidad y claridad que sólo tienen
los hombres que saben de lo que hablan. No era un hombre que hablara de si mismo, más bien estaba interesado en los pueblos y en los seres humanos que construyen esos pueblos. No monologaba, no daba cátedra, él dialogaba conmigo interesado realmente en saber lo que yo opinaba sobre cada tema que abordábamos.
Hicimos juntos el resto del viaje y mientras me interrogaba sobre mi visión de jovencísima licenciada en marketing, me contaba sobre las regiones que sobrevolábamos, sus costumbres, sus culturas y sus historias.
Fueron dos días en los que aprendí más que en cuatro años de carrera universitaria, aprendí sobre tolerancia, humildad y amor a Latinoamérica.

Cuando llegamos a Quito, una comitiva lo esperaba para evitarle el trámite de inmigración y llevarlo en limusina al hotel 5 estrellas en el que iba a hospedarse. Frente a los funcionarios de aduanas que prácticamente lo reverenciaban, extendió su brazo señalándome y dijo: "la Licenciada Barrera viene en viaje de negocios contratada por la empresa Sistemtel Ecuador, facilítenle el ingreso al país pues llega cansada por el largo viaje". Me sonrió y se despidió con un buen apretón de manos mientras me agradecía por la interesante charla. Yo perpleja, balbuceé un "gracias Dr." y me quedé con la sensación de haber conocido a un ser iluminado, sin haberle podido agradecer la lección de vida recibida.
Hoy, a los 83 años falleció un hombre que hizo mucho por nuestro país, que fue llamado por los gobiernos de todos los colores y que fue en el mundo un representante inigualable de nuestra cultura y nuestros intereses, sin olvidar nunca las culturas e intereses del todos los hombres y mujeres del resto del mundo.
Dr. Gros Espiell, no pude decírselo aquella tarde en el aeropuerto de Quito, gracias por lo que me enseñó.