El prodigio germina el lecho tibio, los compases lánguidos, sutiles, evidencian el comienzo del milagro, huele a incienso, dulce, humo y tacto. Los cuerpos livianos alzan vuelo sin dejar la tierra irán tan lejos, las piernas se confunden enlazadas los brazos que se alargan como alas. En la cama tibia aclara el día y la quimera de latir al mismo ritmo los cuerpos van volviendo del letargo naciendo con el sol desde el abismo. |
