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Un duende baja al bosque, cada mañana sus ojos dulces y alegres, sus ojos mira de cerca a la musa, sumida en sueños sus manos blancas y frías, sus manos. Deja en la almohada un pétalo, cada mañana sus labios tibios y suaves, sus labios besa sin prisa a la musa, que no despierta su pelo negro y rizado, su pelo. Vuelve a la altura de su atalaya, cada mañana sus piernas prestas y fuertes, sus piernas vuelve a mirarla de lejos, mientras la deja sus curvas, llanos y montes, sus curvas. La musa abre sus ojos, cada mañana su instinto alerta, expectante, su instinto halla su pétalo y lo guarda como un tesoro su risa que alcanza al duende, su risa. |
